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Rodrygo no engaña a nadie

Rodrygo nos engaña, pero no se lo debemos tener en cuenta. Son cosas de la edad. Rodrygo tiene 18 años y en esa etapa vital todos hemos fingido. Simulamos desconocer lo que sabemos. Con nuestros padres comemos con agua, renegamos de palabras malsonantes, siempre tan agradecidas y liberadoras, y apartamos la mirada cuando aparecen escenas de sexo en la televisión. Uy, creo que llaman a la puerta. Lo mismo le sucede a Rodrygo. Con un cuerpo de juvenil y un rostro imberbe, aparenta ingenuidad, pero estamos viendo que en el campo se mueve, piensa, decide e incluso celebra los goles con la serenidad de un veterano. Sabe latín. Lleva 5 tantos en 11 remates. No le van las metáforas. Es directo. Y cerebral.

Esa racionalidad lleva años siendo inoculada por su entorno, que le ancla al suelo. Su padre, exfutbolista del modesto Cuiabá, se retiró cuando Rodrygo tenía 15 años (él tenía 31) para cuidar su carrera. Él vio todas las caras del fútbol. Su madre, mientras, se ocupa de marcarle fuera del césped: vigilante con sus estudios, cuando firmó por el Madrid le insistió en que aprendiera castellano. Y conscientes de que tenían en casa un bólido, nunca le han soltado el freno de mano. Ni en su explosión en el Santos ni, por supuesto, a su llegada a España. "Esto es el Madrid, otro mundo, calma con todo", le aconsejan. Ahora, y cuando en verano aún se desconocía si se quedaría en el Madrid, en el Castilla o si le cederían.

Un día antes de marcharse a la pretemporada conversé alrededor de diez minutos con Rodrygo. El encuentro fue en el Retiro, donde el joven había acudido con toda su familia para conocerlo y empezar a empaparse de todos los rincones de la ciudad. Antes de continuar, me gustaría tranquilizar al siempre meticuloso y estricto Departamento de Comunicación del Real Madrid. Fue un encuentro casual, nada premeditado. Y, como suele suceder con ese tipo de citas, me dejó un muy buen sabor de boca. Primero me asombró que no se inmutara ante mi abordaje. Suelo ser bastante vehemente. Me recibió con una sonrisa y la tranquilidad que está demostrando en el área. Se apoyó en un árbol y, con su padre de testigo, conversamos. Y en ese intercambio de impresiones me sorprendió su facilidad para controlar la pregunta, bajarla al suelo y responder. Me habló de ilusión, de humildad, de ponerse al servicio del club para lo que considerara oportuno, de fijarse en los líderes del equipo y, sobre todo, de triunfar en el Bernabéu. Un discurso sereno pero ambicioso, propio de un jugador tremendamente maduro. Después llegó la pretemporada, su golazo de falta al Bayern, su paso al Castilla y su advenimiento definitivo. Hay quien ve similitudes entre su graduación y las apariciones de Raúl y Butragueño. Aún hay que salvar mucha distancia, pero tiene soltura, visión de juego, intuición y el impacto de un jugador que puede marcar una época. Y eso no lo puede disimular. Ya no engaña a nadie.