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La culpa de Zidane

No existen estudios que certifiquen su existencia, aunque todos los expertos reconocen que hay síntomas muy particulares que brotan cuando la persona en cuestión finaliza sus vacaciones y vuelve a una rutina que antes de marcharse de descanso se prometió cambiar pero que a su regreso sigue ahí, mirándola a los ojos, retadora. Es la depresión postvacacional y tiene en la angustia su principal manifestación. El madridismo lleva semanas padeciéndola, y en su perfil más agudo. Porque el retorno al día a día de LaLiga ha quebrado las ilusiones con las que abandonaron la pasada temporada. Y uno de los culpables es Zidane. No debe considerarse sacrilegio señalarle. No es el único, por supuesto. El decaimiento tiene muchos padres. Es preciso mirar hacia arriba, a la planificación (¿para cuándo un goleador como Lewandowski?), y hacia abajo, a una plantilla que se conoce tan bien que se ha vuelto rutinaria. Pero la responsabilidad del entrenador es incuestionable.

Volvió en marzo para hacerse cargo de un Madrid perdido, sin opción de competir ya por nada, con el riesgo de quemarse antes de empezar esta temporada y en pantalones de pitillo. Hay que ser muy valiente para, nueve meses después de su adiós voluntario, aceptar el reto deportivo y desafiar las críticas del conservadurismo estilístico. Sus gestos hablaban de una gran seguridad en sí mismo y en sus planes. Luego vino aquello de "vamos a cambiar cosas" que pintó de verde los sueños de la afición, que se ilusionó con una revolución que no ha llegado. Pero Zidane no es culpable por ilusionar. Los culpables fueron quienes comenzaron a ver un once con Mbappé, Pogba, Hazard y Neymar y sin Isco, Bale, Kroos o Marcelo. Pero el técnico nunca verbalizó nada. "Mis decisiones son en el campo", dijo la pasada semana, y son la ausencia de estas las que hay que atribuirle.

Zidane ha tenido cinco meses para dotar al Madrid de un modelo de juego distinto, más estructural, organizado y rico en soluciones. Sin embargo, es un equipo entregado al chispazo individual, al recorte y latigazo de Bale, a un disparo desde fuera del área de Kroos, al centro desde la banda e intento de remate, o a la racha goleadora de Benzema. De esto es responsable Zidane. Como de los despropósitos en defensa que rompen el equilibrio de cualquier sistema. O de la falta de ideas en la salida de balón. Pero sigue sin dar con una respuesta que enderece este Madrid pendular, que camina a tirones y que en la tercera jornada ya ha perdido cuatro puntos. No ocurre nada por decirlo. Sus tres Copas de Europa mantienen intacto el brillo. Igual de preocupante que el discurso en el campo es el que se pronuncia fuera. Porque son un déjà vu. Casemiro diagnosticando que al Madrid le falta todo (como el año pasado), la pasada semana Varane declarando que los goles llegarán y que lo importante es crear ocasiones (como el año pasado), Carvajal avisando que "hay que salir más concentrados" (como el año pasado)… Y ya sabemos todos cómo acabo el año pasado. Eso sí sería para el madridismo una depresión.