Pañolada de los árbitros
Si el VAR logra que los ataques al árbitro decaigan y que esa energía se transforme para instruirnos entre nosotros, éste habrá sido un invento tan divino como la penicilina.
Tras un siglo recibiendo críticas ácidas y contundentes, insultos variopintos, menosprecios de toda clase e incluso agresiones lamentables, me da que los colegiados están entrando en su Belle Èpoque y van a recuperar el estatus y el respeto que nunca se les debió haber expoliado. El VAR, que no es infalible ni acabará con la subjetividad, ha supuesto con su sola presentación en un Mundial que el estamento arbitral, con sus aciertos y errores, estén más a salvo que muchos futbolistas, periodistas y aficionados. Y no es poco. Hasta la llegada de la tecnología, los árbitros ya eran los únicos que de verdad conocían al dedillo el reglamento. He visto a jugadores pedir un fuera de juego tras un saque de banda… Sin embargo, cualquiera se atrevía a cuestionarlos con o sin argumentos, tras ver una sola repetición o sin aclararse después de analizar la polémica durante varios días sin descanso. Esa diferencia de conocimiento ahora se ha multiplicado. Los de negro están más cargados de razón que nunca para pedir explicaciones al resto y no al revés, como ha venido sucediendo. Sin necesidad de sacar pañuelos ni silbar. En Rusia están quedando claras dos cosas. Una: el VAR, como la tecnología de gol, aportará más justicia que debates. Y dos: el desconocimiento general hace que muchos críticos se retraigan o que carezcan de fundamento.
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El VAR resolvió el Francia-Australia porque dio la oportunidad al colegiado de revisar una polémica que había pasado por alto y no porque nadie le obligara a tomar la decisión desde un laboratorio. Pero más allá de las opiniones personales que suscite este partido, la decisión llegó sin detenerse el juego un buen rato como se temía desde los sectores más escépticos. El VAR está permitiendo, además, en este arranque de campeonato que la media de tarjetas amarillas por partido sea sólo de 2,8. Y el VAR hace acto de presencia de media una vez cada tres o cuatro partidos y, como colofón, nos ha regalado imágenes inéditas hace nada de Pepe o Luis Suárez. En sus estrenos fueron la sombra de lo que eran a escondidas, porque ahora las cámaras no sólo delatan sino que también pasan factura a las malas artes.
Sin embargo, hay comentaristas que arrojan más dudas que luz con el VAR, las redes echan humo para que el árbitro o los jugadores pidan el vídeoarbitraje cuando no pueden y el WhatsApp personal de cada uno se llena con amigos confundidos que no entienden por qué no se consultó en el Portugal-España la acción entre Nacho y Cristiano o el empate de Diego Costa (el VAR no tenía claras las jugadas y en esos casos no puede atreverse a pedir que se consulten las imágenes) y sí en la de Griezmann (no dudó y dio la oportunidad al árbitro de revisar y dictar finalmente sentencia). El VAR, grabémonoslo a fuego o recitémoslo como un Padrenuestro, sólo revisa cuatro lances del juego: gol, penalti, roja directa y fallo de identidad. El árbitro no pide el VAR, sino que es el VAR el que advierte al árbitro. Y la clave: el VAR únicamente se usa para errores flagrantes. Con él, ya percibo menos protestas en el césped, disminuyen las simulaciones y hay menos amonestaciones. Si el VAR logra que los ataques al árbitro decaigan de una vez y que esa energía se transforme para instruirnos entre nosotros, éste habrá sido un invento tan divino como la penicilina.






