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Drama de Shakespeare

Drama de Shakespeare

"Sevilla, Sevilla, Sevilla, aquí estamos contigo, Sevilla...". Era una final y el sevillismo respondió como tal aunque se haya hartado de viajar y de vaciarse los bolsillos en los últimos tiempos por toda Europa. Más de 2.000 sevillistas silenciaron durante muchos minutos a los 30.000 ingleses en la grada de Leicester, furia blanquirroja que convirtió el estadio inglés en una sucursal de Nervión como había hecho en Basilea, Varsovia, Turín, Glasgow o Eindhoven.

También sonó Underdog (Desvalido), el grupo local Kasabian, minutos antes del himno de Champions. "Parece que estoy perdido de momento, pero siempre pierdo para ganar....". La leyenda "Let slip the dogs of war" ("suelta a los perros de la guerra", cita de Julio César, obra de William Shakespeare), presidía uno de los goles. Los ojos del Zorro (the fox) cayeron desde el otro. Caldera inglesa, preludio del infierno que para el Sevilla vendría después. Y ritmo premonitorio, también: el Leicester había perdido en Sevilla... para ganar.

Sampaoli y la leyenda del Sevilla

La delgada línea del banquillo. En 90 minutos, Jorge Sampaoli podía agrandar o casi tirar por la borda la leyenda aún incipiente, pero que con tanta fuerza había empezado a construir no sólo en Sevilla, sino en España, en Argentina su país, en el Mundo del fútbol conocido. En 90 minutos quizás se haya ido por la borda buena parte de su loca epopeya de soñador, de David que se opone con firmeza a los Goliath de España y Europa. Tiene la Liga, pero los críticos afilan sus estilográficas con su caída de octavos, que le deja a la altura (ahora mismo) de Manolo Jiménez. Y no es poca, no.

Y la línea de la genialidad. Otro genio, Nasri, se puso el traje de Míster Hyde con un partido nefasto que coronó con una absurda expulsión para dejar en la estacada al Sevilla. Puede que los días del francés, tan laureado al comienzo, se hayan terminado en Leicester.

Vitolo, casi imparable. Cuando todo parecía perdido, el superatleta canario volvió a sacarse de la chistera una jugada mágica de tantas y tantas noches sevillistas en Europa. Schmeichel le atropelló tras una maravillosa pared y Nzonzi tuvo en sus botas el 2-1 para volver a la épica del Nunca se rinde. El portero danés tiró de estirpe y acabó con las esperanzas de otra remontada. Shakespeare, el nuevo héroe que derrocó a Ranieri, lo abrazaba al final mientras en Sevilla evocaban la figura del escritor con tan insigne apellido: vaya drama.

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