Justicia poética
El Barça ganó esta Liga dos veces; en medio estuvo a punto de perderla. El golpe que le infligió el Madrid de Zidane fue tan fuerte que el equipo de Luis Enrique perdió pie. Pero Messi le hizo el boca a boca y la resurrección culminó ayer.
Tot el camp. El Barça jugó con miedo y con responsabilidad. Hizo un partido serio, como si estuviera en el examen final de una carrera de la que dependía su empleo. Los futbolistas, liderados por Messi, convirtieron un partido que en otro tiempo hubiera sido de trámite en una final arriesgada. Excepto alguna pájara en el segundo tiempo, no hubo una línea descontrolada, no hubo un jugador que cometiera los excesos de las excentricidades u ocurrencias que han matado a este equipo en los momentos más arriesgados de este año. Como si respetaran al público, a los aficionados, y como si se respetaran a sí mismos, no hicieron concesión alguna y el resultado marca una gloria justa. Este equipo no ha renunciado al juego, ni siquiera ayer tarde dejó de jugar desde el inicio hasta el final con la mirada puesta en el recuerdo de su tradición cruyffista o guardiolista. Tot el camp fue suyo, y ahora ese himno suena con alegría en oídos que en un momento determinado escucharon el eco oscuro del fracaso.
Noticias relacionadas
Es un clam. Entre todos los abrazos que hubo en el banquillo me emocionó el de Carlos Naval, el delegado de campo, y Luis Enrique, el entrenador. Son años de complicidad y cercanía; este Luis Enrique entrenador es igual de ceñudo y esencial, brutal a veces, antipático incluso, que dirige como jugaba: sin contemplaciones. Pep Guardiola suele decir que si no hay tensión, nervios, miedo, los partidos pueden perderse. Luis Enrique juega desde la banda como si una manada de leones estuviera marcando su cuello. El equipo ha ganado con esa tensión, que cuando se relaja (y este año se relajó gravemente) pone al equipo en cuestión. Imagino la tensión que se transmite al noble delegado de campo, y el alivio que habrá sido para éste ese abrazo que se dio con el jefe de la partida. Es una recompensa que los dos se merecen; una Liga es una tensión constante, y ganarla depende de varias heroicidades. No es sólo una batalla de futbolistas, aunque éstos sean tan fundamentales. Por eso, cuando estos dos hombres se fundieron en un abrazo de amigos, antes de que acabara el partido, sentí que ahí se aliviaba una tensión doble, se paraba el reloj momentáneamente y el afecto que deben sentirse fue el espejo de la alegría que ahora acompañará a la celebración de los aficionados.
Som la gent blaugrana. Son muchos años de aficionado; en su artículo del viernes en AS Santi Giménez evocó a los viejos seguidores culés, que en los años de las sucesivas sequías soñábamos con momentos así. Esta gent blaugrana se abrazó anoche con sus propios recuerdos de las estanterías vacías; el fútbol es un milagro que hace felices a los que no jugamos ni conocemos a los futbolistas, que sólo sabemos del equipo por las estampas o por lo que nos cuentan los locutores de radio, los periodistas; vivimos un sueño que nos cuentan, y tenemos miedo y furia, padecemos y nos alegramos por algo en lo que sólo tenemos que mirar, nada nos corresponde, sino el alma de la afición. Desde esa alegría felicito también a los competidores; el Real Madrid jugó ayer tarde también contra el Barça, a través del Depor. Pudo haber ganado la Liga; la pudo haber ganado el Atlético de Madrid. Que la ganara el Barça es justicia poética. Y el poeta máximo de este éxito se llama Lionel Messi. El año en que murió Johan Cruyff, que fue el que escribió el primer libro de esta poesía, el triunfo azulgrana es un homenaje a la mejor historia del club.




