La tercera parte

El grito de Abelardo y la perplejidad de Paco Jémez

Ambos se sintieron perjudicados.

Juan Cruz
Actualizado a

Sorprendente el grito de Abelardo, el entrenador del Sporting. El árbitro pitó un penalti, para él injusto, y hundió a su equipo, tantas gestas, tantos años de historia. En Vallecas, Paco Jémez casi rompe el techo del banquillo y desafió con su indiferencia al árbitro porque éste diezmó a su equipo, dejó que el Barça marcara en (aparente) fuera de juego y además disfrutó de un penalti (que al final malogró Luis Suárez).

¿Está la cosa que arde en la relación entrenadores-árbitros? No exactamente: un grito no hace primavera, pero ayuda a que llueva. Y este fútbol español tan proclive a las grandes palabras y a los escenarios oscurecidos por actividades que se hacen fuera del campo de juego necesita que esa vibración tradicional en la afición de la grada se baje al césped, al menos al césped del que disfrutan los entrenadores.

Los árbitros son, en España y en todo el mundo, reos de culpa aunque no la tengan; en estos casos, el de Vallecas es seguro que fue un arbitraje descuidado y errático, como hay tantos, con la variante de que no influyó (aunque algunos crean lo contrario, quizá con razón, al menos con sus razones) en el resultado, tan agrandado por el impar Messi. Y el del estadio de Los Cármenes sí que fue decisivo, y por eso bramó Abelardo.

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No me sorprendió el juicio de Paco, que es un gentleman con pinta de roquero de barra chica; sació su cabreo golpeando la instalación que lo ampara y luego ya utilizó la ironía para dirigirse a la prensa hablando (sin hablar) del árbitro. La bronca de Abelardo ya me resultó más extraña, porque este es un hombre comedido, que ya de futbolista era (en mi memoria) la nobleza andando. Es verdad que estos son momentos decisivos en la vida de los clubes (de esos clubes en concreto) y un error arbitral te puede sacar de las casillas e irritar al más tranquilo de los entrenadores mortales. Aunque de ellos no depende exactamente el resultado, sí es cierto que ellos representan a sus futbolistas y a su club; Abelardo dijo que el club no iba a decir ni pío, pero que a él no le importaba que lo sancionaran con cincuenta partidos, cantidad tan exagerada, probablemente, como el penalti que sufrió su equipo. ¿Tenía razón para gritar así Abelardo? En su manera de ver las cosas, sí. Pero, ¿tenía razón Paco para evitar la figura del árbitro en su barroca insinuación? Es su manera de ser, la ironía, de modo que también acertó con su tono.

¿Qué dirán los árbitros? Un árbitro, por su propia definición, imparte justicia, así que no se vengan, no deben vengarse. No los tocarán: ya, según los entrenadores, los han tocado bastante.

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