Cruz

Sin Messi y sin suerte

Juan Cruz
El País
Actualizado a

Decía Borges: “Sólo una cosa no hay, es el olvido”. Es imposible olvidar a Messi, el otro argentino. Borges escribía versos, Messi reinventó la geometría. De él depende este Barça aun en su ausencia. No debe tener remordimiento el equipo, pues hizo hasta lo imposible por hacer olvidar al astro, que debe estar mirando desde su altura de ilustre pulga lo que le va ocurriendo a este retablo de mala fortuna que sigue cuesta abajo en la rodada. 

La línea. El colmo de la falta de fortuna fue señalado por esa línea que no cruzó el balón a disparo de Neymar, ayer más entonado. A Piqué, que debía haber sido el picapedrero de esa ocasión, le hubiera bastado con avanzar la pierna, mientras el esférico iba de un lado al otro con la rápida majestuosidad de un gamo. Ese gol cantado siguió a otro que el árbitro juzgó inadecuado por fuera de juego de Luis Suárez. Al final, ese cero que acompañó al Barça en el mejor tiempo de su juego, fue como una sentencia de la que no se recuperaría nunca. Como si la línea hubiera señalado la flecha de la desgracia.

Lo bueno. Lo mejor del partido, evidentemente, fue que el Barça no se rindió después del empujón del Sevilla; pero ese himno feliz que entonó el Sánchez Pizjuán no debía dedicarse tan solo a sus futbolistas, que dos o tres veces inquietaron a Claudio Bravo y que en dos de esas ocasiones le dieron a la Giralda el resplandor de los goles: deben ponerle una vela a su buena suerte. Lo que hizo Luis Enrique, sufriendo en la banda, fue acentuar el homenaje de su equipo al orden que heredó de Guardiola, siguió manteniendo su presión y resaltó su presencia en la historia con un gol de penalti, al fin. Magro tesoro de nada.  

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Lo malo. Lo malo es la mala suerte. Ese orden aritmético, y geométrico, del Barça chocó siempre con la mala suerte, que es el signo de su tiempo en esta Liga. Pierde jugadores que son insustituibles, aunque tengan sustitutos, y padece la mirada oscura de alguna maldición, no sólo la de sus adversarios. A pesar de ello, el pundonor, ese antiguo valor futbolístico, sigue acompañando la calidad aprendida de sus jóvenes promesas; y ayer tarde ese poder de lucha fue también de las estrellas que sobreviven. No se puede decir que Luis Suárez y Neymar no hicieran lo imposible por ser los que salven a este equipo Sub-Messi en el que se nota tanto la ausencia del astro como se sentiría la ausencia de la poesía de Borges en cualquier antología. No se puede olvidar a Messi, y eso es lo malo. No hay otro como Messi, y todo el equipo lo sabe.

Lo evidente. Ganó con Claudio Bravo la defensa, eso es evidente. En el segundo gol la estirada del chileno se quedó a medias, y en el primero el portero dejó que la historia le diera justicia al rematador sevillista. Inapelable gol, Claudio Bravo no podía hacer nada. Es evidente que esa reincorporación le ha dado a la defensa una seguridad mayor, una menor controversia. Hubo más orden que otras veces, pero hubo la mala suerte de otras ocasiones, sobre todo de la temporada que precedió a este tiempo de Luis Enrique. Conociendo al Barça, y a los barcelonistas, sé que esto que digo no sirve para nada, ni siquiera como consuelo o como olvido: el Barça subió algunos enteros en calidad. Y no ganó porque la mala suerte va en su equipaje. Basta mirar las ausencias: el Barcelona ahora viaja con la mala suerte, y se la llevó enterita a Sevilla.

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