El Madrid y la felicidad inevitable

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Lo escribió Albert Camus: “También la felicidad es inevitable”. Así ha acabado siendo para este Real Madrid que ha acumulado virtudes hasta convertir la victoria en una cuestión de tiempo. En la edad moderna de la Euroliga, entre el Barcelona y el CSKA acumulan 27 visitas a la Final Four para sólo cuatro títulos. Pero eso es precisamente lo que hacen los grandes equipos: rehacerse, aprender y competir. Volver. El Real Madrid ha sabido por fin ser tozudo y ha sabido por fin evolucionar sin tocar esa filosofía tan suya de que no hay nada tan serio que no pueda decirse con una sonrisa. Crecer sin envejecer. Crecer sonriendo.
Este Real Madrid es como el primero de Pablo Laso (2011-12) y al mismo tiempo no lo es en absoluto. Ha dejado atrás las lagunas defensivas, los altibajos y el desequilibrio (peso pesado en el perímetro, pluma en la zona). Más duro pero no menos feliz, más bien todo lo contrario, ha dejado de ser aquel equipo que deseaba lo mejor pero esperaba lo peor. Y lo ha logrado con estabilidad tras las derrotas y después de ganar, nada es casualidad, al tótem Obradovic y al hasta ayerinvencible Spanoulis. La ley del más grande de Europa vuelve a ser la ley del Real Madrid. El equipo de Pablo Laso. Así que era cierto: la felicidad era inevitable.



