Manchester City 1 - Barcelona 2 | La contracrónica

Del rosa al amarillo

El Barça empalideció el sábado y anoche se puso rosa de alegría, en una primera parte que parecía hecha para recuperar la confianza en sí mismo. La segunda parte recobró el juego pálido, dejó terreno al City y lo pagó con un gol de Kun.

Luis Suárez
Reuters
Juan Cruz
Actualizado a

Alves. Antes de que me olvide, dejen que deplore una vez más el gesto de Dani Alves, cuando arremetió contra su suerte, y contra una botella, cuando fue sustituido (con las cámaras y Twitter repitiéndolo al instante). El Barça de Guardiola, que es un buen espejo, luchaba contra esos exabruptos, y lo hizo con éxito. Se acostumbró uno a la buena educación y no se acostumbra a lo contrario. Ese gesto desluce cualquier cosa que se haya hecho en el campo, aunque la verdad es que últimamente Alves en el campo es más un dolor que una necesidad.

Suárez. El entusiasmo con que hace los goles se parece al que luce cuando los celebra. Y los celebra con razón. Fueron dos goles excelentes, de gran futbolista, competitivo y alegre, participativo y lujoso, en prestaciones y en actitud. Se ha recuperado Luis Suárez para el juego de equipo, y ahí está, como un gozne imprescindible de la teoría del ataque concebida por Messi. Pues Messi es el arquitecto visible de este juego de vanguardia en el que participan, con gusto y aprovechamiento, Neymar y el uruguayo. La palidez del sábado último sigue siendo el color de la piel del brasileño; pero Suárez se creció, se dispuso a colaborar con Messi y el resultado fue una alegría inmensa, de color de rosa.

El juego. La alegría es el juego. Esa primera parte del Barça de anoche debe ser guardada para la historia del equipo como oro en paño; en este caso, en paño amarillo; el amarillo es el color del peligro, y también el de la mala suerte… en los estrenos teatrales. El estreno de esta eliminatoria de octavos con el City traía los peores presagios, porque cuando el Barça tropieza (como hizo el sábado ante el Málaga) es que tropieza de verdad. Así que ese juego (bonito, realmente) de los primeros cuarenta y cinco minutos en el Etihad puso el porvenir azulgrana del color de rosa.

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El olvido. Y después se olvidó de jugar el Barcelona, probablemente porque sus jugadores creyeron que la ventaja era buena y suficiente; en ese enredo amarillo de la mala suerte los jugadores barcelonistas cedieron terreno y ganas, y el Kun Agüero halló una vía de agua por la que sólo pudo meter un torrente. Este Barça del amarillo de la segunda parte no hizo demasiado, aunque al final se rehizo, quiso llegar al 1-3, lo logró, en una jugada que el árbitro invalidó, pero después Messi, que había sido el del gol anulado, insistió con un penalti en el último minuto que pareció hecho para rendirle homenaje.

El fallo. No está acostumbrado a fallar, porque es un niño pegado a una pelota. Cuando Messi observó que su disparo y su redisparo se habían quedado como infructuosos intentos, se encomendó a la tierra, la besó con rabia y se fue al vestuario como si le hubieran robado el llavero con el escudo de su equipo. Este es jugador de recreos, aún, sigue creyendo que la mala suerte es una persona, o un objeto, o la tierra misma, así que golpea en la tierra como si quisiera vengarse en un rostro. El fallo final de Messi fue lastimoso en todos los sentidos, pero sobre todo para la autoestima del futbolista. Pero a pesar de este fallo, el Barça salió de Manchester mucho más robusto. Al final el 1-2 es un respiro grande, pudo haber sido rosa y se quedó, no está nada mal, simplemente en amarillo.

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