Ancelotti y Luis Enrique, dos estilos
El ritmo del Madrid apunta a los 145 goles, una barbaridad que dejaría chicos los 121 del mejor año de Mourinho, que a su vez desplazaron los 107 de la Quinta del Buitre. Por su parte, Cristiano está en ritmo de 66, y en este caso la frontera anterior, aún presente, fueron los 50 de Messi en su mejor campeonato. No demos por seguro que el Madrid y Cristiano alcancen estos números, pero ese es el ritmo al cabo de once jornadas, lo que los hace verosímiles. Y eso habla de un poder tremendo del Madrid, que tiene, sí, en Cristiano un feroz depredador, pero que reparte goles entre once jugadores más.
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Hay un alto mérito que reconocerle a Ancelotti, con su ancha espalda, su ceja levantada y su aire calmo. Reparte sosiego, lima las asperezas, disuelve los problemas. Recordemos cuando el año pasado Di María se quedó sin sitio. Se endemonió, estuvo desafiante. Hubiera parecido una reacción natural del entrenador mandarle a paseo. En lugar de eso, le reintegró, recompuso el equipo con él en tarea estratégica... y ganó la Champions. Di María contribuyó mucho a ello y ahora se ha ido del club por un dineral. Si Ancelotti hubiera cedido al impulso de mandarle a la porra, nada de eso hubiera sucedido.
Ahora, sin él ni Xabi Alonso, ha recompuesto el funcionamiento, y con dos variantes a falta de una. El 4-4-2 sin Bale y el 4-3-3 con él. En lo que hace, siempre hay un principio: lo importante es el jugador. Que salgan los mejores, pero que todos se sientan implicados, incluso importantes. Me resulta inevitable compararle con la deriva que ha tomado Luis Enrique, cuya receta aún no se vislumbra pero que parece empeñado en salir en la foto más grande que sus jugadores. Esos Neymar, Luis Suárez, Xavi y Piqué en el banquillo de Almería invitan a preguntarse en qué piensa, qué quiere, qué hace.




