La tercera parte

Un entrenador vale más que mil palabras

Sobrios Luis Enrique y Ancelotti.

Juan Cruz
Actualizado a

En el duelo en la cumbre de este año los aficionados tenemos suerte, pues ninguno de los dos técnicos más famosos del momento, Ancelotti y Luis Enrique, es tan borde como otros (u otro) que hemos conocido. La preparación del Clásico (clásico es Beethoven, qué manía de darle tanto mérito a un partido de fútbol) fue exquisita, casi diseñada por un director de cine en blanco y negro. Sobria, elegante, humorística incluso, irónica como un flirteo en el Parlamento de Londres.

En ese prolegómeno del estupendo partido (estupendo del Madrid en las dos partes, del Barça en la primera parte), el barcelonista y el madridista hicieron florete sin punta, y los aficionados y los medios lo agradecimos. Ya está bien de herirse por un juego. Supimos después que Florentino había llegado al Bernabéu (era temprano) en el autobús que llevaba a sus colegas del Barça, y esa fue también una buena sensación como marco del partido.

El partido propiamente dicho siguió esa pauta; a nadie se le ocurrirá cuestionar el resultado, y el árbitro, que deja el fútbol hecho unos zorros a veces, trabajó con la misma profesionalidad que los entrenadores. Piqué le ayudó, por cierto, evitando el rifirrafe que siempre se produce (y esta vez no) cuando alguien comete una falta de las dimensiones de la que él cometió.

Hubo algo, además, que conviene destacar de este Clásico, y en general del fútbol: la ausencia de protagonismo de las directivas, dejando a un lado esa anécdota del viaje en guagua ajena del presidente madridista. Ancelotti está signado por Florentino, se dice; pero ha montado un equipo que se le parece, sensato y fuerte, llevado en volandas por la velocidad de sus centrocampistas y agitado por el entusiasmo atlético de Cristiano. En lo que respecta al Barça, se deduce del carácter de Luis Enrique (y a juzgar de lo que decía ayer Zubizarreta en El País) que ni dios es capaz de entrar en sus diseños de juego, ni directivos ni otros técnicos.

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Tanto el asturiano como el italiano navegan por libre, cada uno a su manera, en los banquillos más pegajosos (por el chicle, quizá) de las ligas europeas. Y hasta ahora se le pueden reprochar algunos resultados, pero nadie les puede decir que hayan vendido su carácter por un plato de lentejas, o que se hayan dejado encandilar por las luces de neón que hay siempre sobre estas figuras. Esas luces de neón son las de la fama, que a veces habla más de la cuenta.

La sobriedad espartana de los dos, en la boca y en el gesto, augura buena sintonía. Es decir, una sintonía normal, y eso será buena noticia para el graderío, harto de que el fútbol se dirima a bocinazos.

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