Respeto para La Roja
Que nos dio tanto placer y se fue pidiendo perdón.
Vicente del Bosque dice que él es igual al que se ve en el banquillo, no es un holograma, ni una fotografía. Cuando se rasca el pelo que le queda, cuando se mete la mano en el bolsillo, cuando piensa, cuando señala: es Vicente del Bosque, el humilde futbolista que llegó a lo más alto del mundo. Anoche le tocó tocar la madera negra de la derrota, por segunda vez en pocos días, y no hubiera extrañado que se le vieran los ojos rojos de los días de las grandes emociones rabiosas.
No, estaba sereno, cuidó mucho sus palabras finales, acaso su despedida natural del sitio que con tanto éxito ha defendido hasta ahora, y dedicó a los chicos, a sus jugadores, a los que ha querido como niños de una escuela extraordinaria o descarriada, sus mayores elogios: corrieron, lucharon, los otros también tienen mérito.
Interiorizar. Del Bosque ha interiorizado la derrota como una de las posibilidades del juego, y eso lo debemos agradecer los aficionados; estamos acostumbrados a la bravata del que le echa la culpa al otro (en el fútbol, en la vida); y Del Bosque ha aprendido (porque es un aprendizaje) a lamentar lo ocurrido sin echar mano de los tópicos perversos que otros utilizan: el árbitro, los defectos ajenos, los defectos propios.
Es cierto que ahora todos nos vamos de esta experiencia como si nos hubiera mordido el alacrán que convive con nosotros (cuando vamos bien, todos somos partícipes del éxito, cuando vamos mal la culpa es del entrenador, o del árbitro, o de Casillas, pongo por caso). Pero él, Del Bosque, le ha puesto un dique a esa tendencia, y eso hay que agradecérselo al entrenador español no sólo desde el punto de visto deportivo sino desde la óptica del ciudadano. ¿Cómo que no se puede perder? Se puede perder. Lo grande es saber perder; ya ganaron mucho, enhorabuena por saber perder. Un respeto al perdedor que sabe decir adiós a un campeonato.
Gestos. Me fijé en los gestos; cuando las cosas no marchaban Del Bosque aconsejaba sosiego, que los jugadores se pasaran la pelota; lo empezaron a hacer; cuando Chile se adelantó en el marcador, a Xabi Alonso le vislumbré un exabrupto; en el segundo gol a Del Bosque le vi abatido pero consciente de que eso no se puede señalar demasiado, que hay que cuidar el gesto.
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Echó la cabeza hacia atrás y le vi reflexionando. Me parece que el seleccionador estaba calibrando qué iba a decir luego. Lo dijo; estuvo acertado, me pareció; en el descanso, cuando iban a salir, el noble portero Iker Casillas estaba haciendo lo que Del Bosque dijo que hizo el otro día en el vestuario: arengando a los suyos. Esos gestos fueron de escuela civil del comportamiento. Al final no sirvieron para que subiera al marcador ni un gol de consuelo. Pero el consuelo es haber tenido a estos chicos (como hubiera dicho Kubala, un maestro de Del Bosque) luchando durante seis años para darle a este país la alegría de ser los mejores del mundo.
Ayer se interrumpió la tendencia, pero los que tenían que decir punto y final lo han dicho con tanta elegancia que parece que mañana nos vamos a despertar de la pesadilla. No, no nos despertaremos, pero ya hemos ganado en comportamiento…




