Un éxito que sorprendió incluso a la propia empresa

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Apreciado Charles Miller, a usted se le podría aplicar aquel eslogan que una compañía de revista hizo célebre en el Paralelo barcelonés. Ante la buena acogida de un espectáculo que incluso los actores consideraban mediocre, empapelaron la avenida con carteles anunciando que prorrogaban su estancia en el teatro bajo el lema “el éxito sorprendió hasta a la compañía”. A usted, con el fútbol en Brasil le ha pasado lo mismo. Nadie imaginaba hasta qué punto su idea pensada para entretener a la élites británicas de finales del Siglo XIX calaría tanto. No se imagina lo que es salir en coche del aeropuerto y ver cómo en el trozo de césped que queda aislado entre un scalextric de autopistas se está jugando un partido. Ver ocupadas las pistas de los pueblos de seis de la mañana a doce de la noche con partidos en los que participa gente de todas las edades. Unos descalzos, la mayoría, sin camiseta, sobre cemento o sobre tierra. Mires donde mires, la gente juega a fútbol. ¡Y cómo juega! En cualquier partidito improvisado hay un par de virgueros que hacen lo que quieren. La habilidad para controlar el balón es genética. Dicen que esta habilidad se desarrolló cuando los negros empezaron a jugar. Les permitieron participar, pero no podían tocar a los blancos, que por contra tenían total impunidad en las faltas sobre los negros. La única manera de defenderse fue instaurar en el juego una suerte desconocida hasta el momento en ese fútbol de pelotazo y choque: el regate; otro invento cuyo éxito sorprendió a la propia empresa.
*Miller desembarcó en 1894 en el puerto de Santos con dos balones de reglamento. Se le considera el introductor del fútbol en Brasil.



