“Qué manera de perder”, todos lo debemos aprender
La afición del Atlético, gloriosa.

Debería haber una escuela de aficionados en la que se nos enseñe a ganar y a perder. De aficionados al fútbol, a los caballos o a la política. Decía Samuel Beckett que su aspiración en la vida era fracasar mejor. Algunos llevan esa lección aprendida, e incluso la convirtieron en un himno. Lo escribió Joaquín Sabina y lo cantan los aficionados al Atlético de Madrid, en otro tiempo llamado El Pupas, que ahora nos está pisando los talones a los que somos del Barça. Están, por si no se han dado cuenta, por encima del Madrid y empatados con nosotros. Meten miedo.
Qué manera de perder. Últimamente me he fijado en otra afición que sufre igual y que vive el fracaso con la misma arrogancia que distingue a los atléticos: la del Betis Balompié, que aplaude hasta los fallos, y que se desgañita animando a su equipo para que se recupere y respire fuera de esa zona en la que los peces ya no vuelven al agua. Hay otras aficiones gloriosas, como la del Cádiz o la del Athletic de Bilbao, capaces de comerse las piedras de la derrota como si fueran azucarillos que no duran nada.
A los ricos, a los que ganan con más frecuencia, esto les cuesta más, y éstos deberían ser los que vayan a la escuela de perder de los aficionados al fútbol. Entre esos ricos que no están acostumbrados a la derrota estamos, ay, nosotros, los que somos del Barça, y están, otra vez ay, los aficionados al Real Madrid. Hace un año les tocó sufrir a los que son del equipo blanco, y hasta fecha reciente tenían tanta desconfianza en sus propias fuerzas que empezaron a silbarle al entrenador. Qué manera de silbar, es decir, qué manera de perder.
Pero nosotros no podemos tirar la primera piedra. Las dos recientes derrotas del Barça han empezado a hurgar en la paciencia del culé y ya han empezado a dar vueltas las más diversas especulaciones, todas ellas centradas, como suele ser habitual, en el papel del entrenador. Menudo papel el de Martino: el suyo empieza a ser papel de lija.
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Esas especulaciones son dolorosas para el aficionado y para el club, pero a mí lo que me importa es el alma del que sufre las derrotas como si fueran suyas, y ese sufriente máximo es el aficionado. Uno no se hace aficionado de un club, sino de un equipo, y para nosotros esa nomenclatura, desde Valdés a Pedro, por citar a dos que son de mi tierra, o casi, pues Valdés se educó en Tenerife, es sagrada en cada uno de sus términos. Por ejemplo, Iniesta y Xavi forman parte de nuestro ADN de culés, quien los toque toca a dos hombres que están en el primer plano de nuestros álbumes.
Pues ya los están tocando; primero los tocó Martino y luego los han tocado los rumores, que son como hombrecillos que hurgan donde más nos duele en tiempos de crisis. No sabemos perder, porque acaso tampoco aprendimos a ganar. Pues, ojo, que las cuestas hacia abajo pueden ser más duras que una simple caída. Aun así, Visca el Barça, que estoy aprendiendo en una escuela de aficionados a exclamar eso cuando pierde el equipo y no sólo cuando arrasa.




