El fin del mundo llega al fútbol sólo de vez en cuando

Mario Benedetti, el poeta uruguayo, era tan militante del Nacional de Montevideo que hizo retirar una edición de uno de sus libros porque el editor mexicano que lo publicaba puso por error en la portada los colores del Peñarol. Su humor de poeta subía y bajaba en función de los resultados de su equipo, y aunque fueran buenos siempre guardaba cierta suspicacia (“esto no puede durar”), porque sabía que las buenas rachas nunca vienen solas. Él fue el inventor, o el reinventor, de esta máxima que nos marca a los aficionados: “Un pesimista es un optimista bien informado”.
Al hilo de esa convicción que pone por encima de cualquier profecía la conveniencia del pesimismo, el poeta del Nacional aconsejaba no cegarse por los triunfos: lo bueno puede ser peor en cualquier momento. Así que siempre se situaba en el borde del fin del mundo. Ahora he pensado mucho en eso, porque he visto que en España, de pronto, se nos ha venido encima el fin del mundo porque el equipo nacional no ha ganado bien en Guinea, adonde fue causando tremendo estruendo, y ha perdido ante un equipo menor, Sudáfrica. En este último caso, además, no sólo perdió la batalla, sino mucho de su armamento. Vaya por Dios.
En una época estuve cerca de un especialista en el fin del mundo, José Ortega Spottorno, fundador de El País. Según él, el fin del mundo llegaría cuando todos los teléfonos estuvieran comunicando. Eso ya ha ocurrido, todos los teléfonos están comunicando, pero no ha sobrevenido trueno alguno, si exceptuamos ese trueno blanco, generador de partículas de entusiasmo, que se llama Cristiano. Pero Cristiano es el principio del mundo, el optimismo sin límite del madridismo.
Noticias relacionadas
Así que el fin del mundo existe como posibilidad y no se ha producido aún. Excepto en el fútbol, parece. Esas actuaciones no tan agraciadas de la Selección fuera de nuestras fronteras han desatado tantos pesimismos, que parece que hemos atravesado a toda velocidad la escalera de la gloria de Dante para adentrarnos en el peor de los infiernos.
El aficionado siempre espera lo peor. Es pesimista, mal informado o bien informado, como Benedetti. Y, además, es masoquista; este es un país de masoquistas que se reúnen para decir que ya habían avisado del desastre. Aconsejaría sosiego: el fin del mundo no llegará nunca, y en el caso de la Selección ya veremos si este tropiezo no es una manera de tomar impulso. Esta apelación al fin del mundo es una manera lamentable de faltarle al respeto al mejor equipo que hemos tenido nunca, al menos eso dicen las estadísticas.




