La tercera parte

Sin melancolía no hay fútbol, que lo sepan

La afición sufre antes y después.

PIQUÉ. Él y el Barça se enfrentan al Madrid mañana en el clásico.
REUTERS
Juan Cruz
Actualizado a

Ignoro por qué los psicólogos deportivos no han escrito libros sobre la parte que juega la melancolía en el ánimo de los que amamos el fútbol no como una distracción sino como una afirmación enfermiza de nuestros afectos.

El Barça, el equipo al que profeso amor desde que empecé a sentir qué era ese afecto dirigido a alguien que no fuera mi madre, ha ganado mucho a lo largo de su historia (o, más bien, de mi propia historia como aficionado). Y también ha perdido. Ha tenido resultados gloriosos y derrotas sonadas, pero, por alguna razón en la que manda la melancolía, de lo que me acuerdo siempre es de algunas derrotas que fueron famosas y que marcaron mi alma.

En un aficionado al fútbol la derrota y la victoria (esos dos impostores, que decía Rudyard Kipling) se definen en virtud del contrincante. Si el contrincante es nuestro enemigo más claro, ganar y perder adquieren un enorme valor. Si les ganamos, nuestro ánimo se exalta. Y si perdemos el alma se nos va al suelo. Pero es más duradera la depresión por la derrota que la alegría de las batallas superadas. En ese sentido, dejo aquí el dato: jamás he podido olvidar la derrota de Berna, cuando el Barça, después de eliminar al Madrid, perdió ante el Benfica en una final desgraciada de la que tengo el más vivo de mis recuerdos.

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En aquella ocasión, no se trataba sólo de ganarle al Benfica: es que venciendo al equipo portugués terminábamos de rematar a nuestro rival más encarnizado. La esencia del fútbol está en esa evidencia seguramente mezquina pero real: se trata de ver perder al otro, de exaltarse viéndolo morder el polvo. Mi amigo Tomás Roncero suele decirme que él quiere que el Barça pierda hasta en los entrenamientos. Mi emoción es recíproca, y exactamente al revés. Yo quiero que el Madrid pierda también entrenando. Cuando el Bayern nos sometió a la última humillación, después de las que sufrimos ante el propio club blanco, eran también victorias madridistas; así se quedan en el imaginario melancólico del aficionado al fútbol.

Ahora están las dos aficiones ante un momento pletórico que se vive con el cuerpo lleno de temor a la derrota; ese es el paso previo a la melancolía. Uno de los dos va a perder, aunque el partido acabe en empate. Los jugadores se saludarán al final del partido, pase lo que pase, las aficiones se irán a casa, y la melancolía revoloteará en unos o en otros como esa maldición sin la cual el fútbol sería álgebra o cualquier ejercicio de puntería sin alma. Sin melancolía no hay fútbol, que lo sepan.

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