El lujo de las carreras por la tele
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A lo bueno uno se acostumbra rápido. Tanto, que terminamos dando por cotidianos privilegios que no siempre lo son. Ahora, por ejemplo, tenemos la oportunidad de disfrutar de unas completísimas transmisiones por televisión de los grandes premios, tanto de coches como de motos, y nos parece lo más normal del mundo… cuando en realidad no es así. Los aficionados más veteranos, diría que los que han cruzado ya la barrera de los cuarenta, recordarán como yo que ver por la tele las carreras podía llegar a ser algo extraordinario. Con el paso de los años la cosa se normalizó, pero desde luego nada de entrenamientos, apenas presencia en los telediarios y, por supuesto, ni rastro de los estupendos reportajes que ahora se emiten. Sí, lo sé, eran otros tiempos… pero en mi opinión ello no es óbice para que seamos incapaces de apreciar lo que ahora tenemos.
Nos quejamos de la publicidad en las transmisiones (aunque alguien deberá pagar la fiesta, digo yo), nos gustarán más o menos los comentaristas y cada uno tendremos decenas de estupendas ideas (al menos eso nos parece a nosotros) para mejorar las emisiones. Bien, todo respetable y aceptable, pero creo que es necesaria también la reflexión de lo muy afortunados que somos con lo que ya tenemos. Desde los entrenamientos libres a las ruedas de prensa después de las carreras es poco lo que no llega hasta nuestras pantallas, gracias a la multiplicación de canales (algo impensable hace no demasiado) y al esfuerzo de las empresas y los profesionales que apuestan por los deportes del motor. Y hacerlo no es una estrategia tan evidente como algunos pudieran pensar, porque amortizar las enormes inversiones que exigen no es nada sencillo en estos tiempos que corren, incluso considerando las millonarias audiencias de los grandes premios.




