Armstrong, la caída del 'sheriff' malo
La UCI desposee a Armstrong de sus siete victorias en el Tour, que probablemente queden en blanco. Si corremos el escalafón nos encontraremos con la ominosa realidad de que casi todos los que venían detrás de él son confesos o convictos de doping, o ambas cosas. En ese sentido podríamos exonerar a Armstrong: sólo hacía lo que se viene haciendo en ciclismo desde hace mucho tiempo. Ya en las crónicas de Albert Londres para Le Pétit Parisien de los años diez (del siglo pasado), recogidas en un delicioso libro, uno de los Pélisier confiesa cómo tomaba cocaína y estricnina para resistir.
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El dolo de Armstrong ha sido elevar eso a lo que podríamos llamar, para entendernos, una 'escala americana'. La propia USADA definió lo suyo como "el más sofisticado programa de dopaje que el deporte jamás ha visto". Eso en un tiempo en el que el deporte en general, y el ciclismo en particular, trataban de esmerarse en la difícil y confusa guerra contra el dopaje. Amparado en su tratamiento contra el cáncer, el mismo parapeto tras el que ha alcanzado prestigio de benefactor social de la Humanidad, aplicó a su organismo ventajas exageradas que le permitieron arrollar en siete Tours consecutivos.
Sus compañeros no se quejaban. Difícilmente lo podían hacer, si hacían lo mismo, aunque con menos medios y peores resultados. Y si alguno, como Simeoni, denunciaba el sistema, el propio Armstrong en persona se encargaba de que no pudiera coger unos metros de ventaja sobre el pelotón para ganar una meta volante. Armstrong medró en un modelo de ciclismo en el que muchos (casi todos) vegetaron, pensando que era el único posible, pero nadie le sacó más rendimiento que él. Su caída no es una catástrofe, más bien una catarsis. Aquel fue un mal 'sheriff'. Es bueno que todo el ciclismo lo sepa.




