El Madrid ganó con los violinistas
Gustó mucho el partido del Bernabéu, con su final trepidante. La última impresión es la que vale y esos veinte minutos finales, en los que el Madrid remontó dos veces la ventaja del rival, han entusiasmado a la crítica internacional. Le da mayor valor la sensación de injusticia con que se percibía la posibilidad de una victoria del City, lo que volcó más las simpatías hacia la remontada. Y la forma en que se produjo, en el mejor estilo del Madrid, mitad artista, mitad guerrero. Corriendo con fe y sin desmayo, pero con todos sus jugadores exquisitos sobre el campo. Con las dos cosas: brío y arte.
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Mourinho, que compareció en la conferencia de prensa en una extraña actitud revanchista contra la prensa (que sepamos, los problemas los había tenido con sus jugadores, no con la prensa) relacionó el señorío con la entrega, una asociación forzada en la que entreví un deseo de hacer hincapié en un aspecto sobre el otro. El Madrid se vació siempre, también cuando apretó con el trivotazo, pero ganó cuando estuvieron sobre el campo todos los violines: Modric, Özil y Benzema. ¿Casualidad? ¿Justicia poética? En todo caso, no fue algo que a Mourinho se le ocurriera destacar en su admonición a la prensa.
Se puede ganar de muchas maneras y una de ellas es jugando artísticamente. Y a la gente del Bernabéu le gustan los estilistas, sólo hay que ver qué pedazo de ovación se llevó Silva. Y si juegan de forma trepidante, mejor. Dividir el fútbol en esforzados que recuperan y exquisitos que la mueven es empobrecedor. La gracia está en hacer que los violinistas trabajen. La historia explica que no es fácil conseguirlo, pero que no es imposible. Cuando se logra, se alcanza lo mejor. Y eso fue lo que vimos en el último tramo del partido, de ahí el entusiasmo general. Ese es el Madrid que identifican sus admiradores.




