Bielsa y la maldición de los albañiles
Un buen y sabio amigo, natural de Tudela (y 'bielsista' por más señas), me habló una vez de una fórmula de maldición que escuchó cierto día. Para más detalles, me dijo que el grito se produjo en Buñuel, con ocasión de un tenso choque Buñuel-Ribaforada. Un hincha local, agotados ya los denuestos tradicionales contra el colegiado, llegó a gritar, en el paroxismo de su irritación: "¡Árbitro, ojalá se te metan los albañiles en casa!". Uno no tiene nada contra los albañiles, quede claro. Son imprescindibles y hacen lo suyo. Pero les rodea la incomprensión. Tienen, como se diría antes, 'mala prensa'.
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Al Athletic le han entrado los albañiles en casa y la feliz luna de miel entre Urrutia y Bielsa se ha esfumado. Pasa en los mejores matrimonios. Para que esto se arregle bastará con que algún día acaben las obras (todas las obras acaban, acabó hasta la de El Escorial) y que haya generosidad por ambas partes para olvidar lo que cada cual haya hecho mal. En ese sentido me parece negativa la nota de Bielsa de ayer, en la que encuentro cierto aire de querer decir la última palabra, y en la que advierte, en letra de imprenta y con carácter público, que esto cambia su relación con la junta directiva.
Bielsa les saca a los albañiles una ventaja: él tiene 'buena prensa'. Tan buena como para haber salido con bien de un acto con ribetes de violencia en el que además de salirse de sus casillas se salió de su papel. (Me aterro al pensar la que se hubiera armado si esto lo hace Mourinho en Valdebebas). Bielsa es el entrenador del Athletic, y muy apreciado por encima de sus rarezas. Debe exigir, pero dentro del club. Al recriminarle retrasos al jefe de obras se atribuyó un papel que no era el suyo y en su forma de hacerlo desnudó un aspecto tenebroso de su ser. Haría mejor dando el paso atrás y no agitando más el lío.




