Nadal y París, preciosa combinación
La lluvia del domingo en París retrasó, para nuestra felicidad, el desenlace del Nadal-Djokovic hasta ayer. Lo digo porque el domingo eran demasiadas emociones juntas, con La Roja, Nadal y Alonso, y hay cosas que se deben disfrutar por separado. Y el mal tiempo de París (el secreto mejor guardado del mundo decía me parece que Oscar Wilde) trasladó el desenlace del gran partido al lunes. Y Nadal, que estaba incómodo y quejoso la media hora anterior a la suspensión (porque debió adelantarse, verdaderamente), remató su éxito ayer, hasta ganar su séptimo Roland Garros.
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Toda una barbaridad. Fue hermoso ese final, esos abrazos, esa explosión de alegría sincera que reflejaba, sin excesos ni artificio, que dentro de sí considera que había alcanzado algo de verdad grande. En España lo vivimos con triple alegría: por él, porque necesitamos estas cosas y porque, permítanme la maldad, aquello era París. El París de los guiñoles, a los que yo no doy importancia, pero mucha gente sí se la da. Ganar en París tiene un extra. Siempre lo tuvo y ahora más. Lo aprendí cuando aquel primer Tour de Bahamontes en 1959. Ganar en París es, en alguna medida, ganar a Francia.
Claro que Nadal no ganó a Francia, sino a Djokovic, ese fenómeno. Federer va dejando poco a poco la escena y la nueva piedra en el camino de Nadal es este serbio, al que veremos por aquí, justamente ante el mallorquín, el 14 de julio. Será en el Bernabéu, donde el Madrid tiene el propósito ese día (fiesta nacional de Francia, curiosa coincidencia) de batir el récord Guinness de asistencia de público a un partido de tenis. Esta séptima victoria de Nadal, que lleva un parcial de 19-14 sobre Djokovic, estimulará desde luego la taquilla. En fin, gracias otra vez, Nadal. Gracias a ti, ayer se discutió menos sobre Torres.




