Carlos Checa, el campeón que todos queríamos
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Hoy ya sí, sin reparos ni pudor. Ayer todavía no me atrevía por aquello de las supersticiones, pero ahora podemos gritar a los cuatro vientos que tenemos un campeón mundial de Superbikes. También en esto España marca la pauta y lo hace, además, con un personaje que es capaz de provocar una unanimidad realmente inhabitual en el mundo del deporte, en la vida diría yo. Todos queríamos ver a Carlos Checa disfrutando de la gloria de este enorme éxito, tanto como merecido. Y no sólo porque su temporada está resultando intachable (el doblete de ayer en Magny-Cours lo refrenda y aún queda Portimao), también porque es un tipo estupendo, que ha dedicado su vida a una pasión, a la búsqueda de la excelencia del triunfo, y no ha parado hasta conseguirlo.
Personalmente, si me permiten la confidencia, le tengo un enorme aprecio a Carlos. Le conozco desde que debutó en los grandes premios y nunca se me olvidará la felicidad que brillaba en su cara en el circuito de Mugello, cuando en 1994 logró clasificarse décimo en el GP de Italia. Fui a verle a su box y allí estaba, como en una nube, riéndose sin parar, sin poderse creer que aquello le estuviera pasándole a él, sólo un chaval de Sant Fruitós... Casi como cuando ayer hablé con él unos minutos para darle una enhorabuena y, sobre todo, decirle que su alegría era la de todos los que amamos este deporte. Entre otras muchas cosas, porque a sus casi 39 años ha demostrado, por si a alguien se le había olvidado, que la gloria no es una simple cuestión de edad, frescura o fortuna, sino de trabajo, esfuerzo y abnegación. Y en eso, Carlos era ya todo un campeón desde mucho antes de estas carreras en Francia...




