Ayton Senna, un piloto de leyenda
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Escribo de cuando en cuando, lo asumo, sobre la figura de Ayrton Senna. Les pido disculpas anticipadas si mi insistencia resulta cansina, pero la figura del brasileño me parece tan excepcional que me tiene cautivado desde hace mucho. Hoy se celebra el aniversario, diecisiete años ya, de su fallecimiento en el circuito de Imola y por eso creo que estas líneas están justificadas por sí mismas, pero además este mismo mes se estrena el documental sobre su vida que ha recuperado la vigencia de este deportista único. Ya les conté en las páginas de AS (también en las de 'Cinemanía', por si les interesa) lo que me parecía la película, después de asistir a una pase privado de Prensa, así que no voy a insistir al respecto. Pero hoy creo que es un buen día para recordar a este piloto que ya es leyenda.
Lo que Senna era capaz de hacer con un monoplaza de carreras entre sus manos es algo difícil de explicar. Había que verlo para creerlo. Yo seguía su carrera deportiva con devoción hasta un día que creo que cambió para siempre mi percepción de lo que es un piloto de Fórmula 1. Fue el 11 de abril de 1993 (lo he mirado, no se crean que me acuerdo...). Gran Premio de Europa en el circuito británico de Donington Park. Llovía, no sé si decir que como siempre en aquel país. Senna salía cuarto en la parrilla, pero le bastó apenas una vuelta para dejar en evidencia a los pilotos que le precedían, que se llamaban Prost, Hill y Schumacher. Recuerdo que estaba yo de viaje por un gran premio de motos y delante de la tele no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Pero sí, era verdad. La magia de Ayrton en estado puro. Para mí dejó de ser un piloto para convertirse en un mito. Y dos años antes de que se matara en aquella maldita carrera de Imola...




