El Barça y sus demonios familiares
Gran partido, ante todo. Gran partido entre el Barça y el Villarreal, equipo este que ayer perdió la rueda de los dos grandes, pero que demostró no estar lejos de ellos, ni en fútbol ni en ambición, sino muy cerca. Fue una lucha intensa, de campana a campana, con agresividad bien medida por ambos bandos, juego colectivo de gran altura, gestos preciosistas nunca banales, sino útiles para hacer prosperar la jugada, un campo lleno, un partidazo. Lo ganó el Barça porque tiene más. En realidad, los mejores jugadores sobre el campo eran suyos: Messi, Xavi, Iniesta, Alves... Lo del Villarreal tuvo enorme mérito.
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Pero, con todo, el partido se jugó en un ambiente durante mucho tiempo enrarecido por una jugada, por una sola y triste jugada: un fuera de juego mal señalado en pase de Xavi a Messi, que dejaba a este, al que acompañó Pedro en su carrera, en situación clara de gol. Eran dos contra el portero, gol o gol. Pero el línea señaló un fuera de juego que no existía. Encima, de vuelta de esa jugada, Nilmar empató. Para qué más. El Camp Nou se pobló de pañuelos y el Barça, de tan desconcertado como se sintió, estuvo a merced del Villarreal durante bastantes minutos. Perdió el hilo totalmente.
Luego, Delgado Ferreiro compensaría largamente, entre otras cosas con un gol concedido al propio Messi en fuera de juego. Pero no iba a eso: ganó el Barça porque fue aún mejor que el Villarreal. Pero me llamó la atención la facilidad con que se inflamó el público y se descentró el equipo por aquella jugada. Muchos años repitiéndose que al Madrid le apoyaban los árbitros, unos cuantos (los últimos) subidos al momio, una visita próxima del Madrid... Los demonios familiares siguen ahí y no los han exorcizado ni los seis títulos de hace dos años ni la permanente excelencia de su juego. El Madrid sigue ahí.




