Mourinho, como Pedro por su casa
Gran noche para el Valencia, que la necesitaba. Con Adúriz y Soldado arriba, fórmula favorita del público, y con Mata recuperando el entusiasmo. Lo necesitaba el Valencia, decía. Este club ha perdido aquello de 'Mestalla nunca falla'. En algún vericueto de su pasado próximo, el socio ché perdió la fe indesmayable que la llevó a ser considerada como la mejor afición de España. Ahora flota una desconfianza que Emery no consigue despejar. El valenciano Soldado, que en la víspera anunció a Murray que pensaba acribillar al Rangers, cumplió. Así que ya se vislumbran los octavos.
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Mientras, el Barça pasaba lo suyo ante el coriáceo Copenhague. Tendrá que poner una vela al árbitro, que pudo (debió) expulsar a Valdés por su extravagante patada de 'kung-fu' a N'Doye. El Ovrebo de turno la obvió piadosamente. Suerte porque, sin Pinto para dos partidos, la Champions hubiera caído de pleno sobre los tiernos hombros de Miño. Luego, partido bravo y un punto que vale, tal y como están las cosas. Pero algo de aura ha perdido el Barça en este doble encuentro, entre la trapacería de Pinto, la patada de Valdés y la escena final de Guardiola (reforzado por Busquets) con Solbakken.
Y Mourinho en Milán, como Pedro por su casa. Los interistas acudieron a aclamarle. Le quieren tanto que hasta han olvidado su precipitada fuga. Para corresponderles, incluso se rasuró a fondo; se presentó a la conferencia de prensa con la cara 'como el culito de un bebé', según decían en tiempos los que se consideraban bien afeitados de verdad. En Mourinho, fue todo un gesto de pleitesía a la prensa de una ciudad que le vio triunfar. Hoy tratará de ofrecer, de añadidura, un buen partido ante el Milán. No habrá trivote, sino los once fantásticos ante la galaxia Berlusconi, cuyo brillo no acaba de deslumbrar.




