España, Xavi, los límites del futbolista
Hay fiesta en Salamanca, primera ciudad española en la que se va a ver a La Roja desde que es campeona del mundo. Más fiesta todavía porque el seleccionador es hijo predilecto de esa ciudad (y amigo predilecto de todos los que le conocemos, sospecho). Ya jugó una vez allí con España. Ese día fue capitán y marcó un gol. Anoche lo pasaron por la tele. Villar estaba en el equipo, el mismo Villar que hoy preside la Federación. Son 32 años, este es casi otro país, y la Selección también es otra. En aquellos años nos costaba clasificarnos para las fases finales. Por menos de nada, ni íbamos. Ahora somos campeones de Europa y del Mundo.
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Sólo me falta algo para que la fiesta sea completa: Xavi. El buen Xavi que ha llevado la manija en tantos y tantos partidos, de repente ha levantado la bandera blanca, y no para fichar por el Madrid, sino para que le dejen parar unos días. Fueron 73 partidos hace tres temporadas, 71 también hace dos, 67 la última. Hace dos veranos, Eurocopa, hace uno, Confecup, este último, Mundial. Y todo el año el Barça, siempre obligado a ganar, de blaugrana o de rojo, recorriendo más de diez kilómetros por partido, jugando cien balones, todos bien, atento al compañero que se desmarca y al rival avieso que le busca los tobillos.
¿Es inevitable? El fútbol barre todo el calendario y los jugadores grandes, los que ganan y prosperan en las competiciones, y además van a la Selección, juegan muchísimo. Por eso resulta más sensible el absurdo de partidos como aquel de México, nada más volver de vacaciones, o el de Argentina, no mucho más tarde. Abusos con interés recaudatorio, para complacencia de los pasajeros preferentes del villarato. El padre de Xavi se quejó ayer de eso y armó un buen revuelo, pero yo quiero desde aquí darle la razón. Aquellos partidos sobraron. Forzamos a los futbolistas hasta más allá de lo necesario y eso inevitablemente se paga.




