¿Por qué somos tan buenos en todo?
Contador ha ganado el Tour y ya hasta nos parece poco. Años atrás, semejante cosa daba la vuelta a España como un calcetín. Pero este éxito viene después de ganar Nadal en Wimbledon y ni siquiera puede considerarse eso extraordinario: es la segunda vez que lo hace, ha ganado varias veces Roland Garros, también en una ocasión el Open de Australia y ya sólo le queda el de EEUU para tener el Grand Slam. Pero es que entre una cosa y otra hemos ganado el Mundial de Fútbol, toma ya. Y acaba de concentrarse la Selección de Baloncesto, campeona del mundo. Y semejantes joyas lucimos en muchos otros deportes.
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¿Por qué somos tan buenos de repente en todo?, me pregunta la gente en la playa. Tiene que haber una explicación. Y la hay. Con tres patas, quizá. La primera, que hemos vencido la idea de una generación atrás, de que el cuidado del deporte equivalía a subdesarrollo. Aquello formó parte de las confusiones en que la larga noche del franquismo sumió a este país. El desarrollo del deporte es signo de prosperidad y bienestar en cualquier sociedad moderna. Negarlo era necio, era confundir el enemigo. Cuando España alcanzó el bienestar democrático prescindió de ese complejo y se reencontró con el deporte, para su felicidad.
El desarrollo autonómico permitió que aquí y allá surgieran centros de alto rendimiento. Y si no, en cada ayuntamiento hubo piscina, polideportivo y campo de fútbol de hierba artificial, segunda pata. Además, tercera pata, aquí hay buen clima y bastante dinero, cosa que coincide en pocas regiones del planeta: en general, donde hay dinero llueve, donde hay sol no hay un duro. Y todavía hay algo más: dentro de nuestro caos, tenemos un modelo federativo muy competitivo, que países todavía devotos del deporte como elemento educativo nos envidian. Y resulta que vienen a copiarnos. ¡Quién nos lo iba a decir!




