Viéndoles ahí abajo con la Copa del Mundo

Viéndoles ahí abajo con la Copa del Mundo

Viendo al equipo español ahí abajo, en el 'Soccer City', paseando la Copa del Mundo, recordé unas palabras de Del Bosque pocos días antes, en las que hablaba de que el triunfo premiaba a 'toda la familia del fútbol español'. Toda la familia. Todos esos humildes entrenadores o directivos de equipos pequeños, que se sacan la sangre de las venas para darles oportunidades a los 'pedritos', los 'iniestas', los 'xavis', los 'villas' o los 'casillas' que salen en su entorno. El fútbol español es grande porque tiene unas raíces profundas y extensas. No se ven, pero hace más de cien años que están ahí. Por eso este árbol ha crecido y florecido tanto.

Y me acordé, cosas que saltan a la memoria en momentos raros, del chiste de Eugenio sobre el póker: "Me encanta jugar al póker y perder" "¿Y ganar?" "¡Ganar debe de ser la coña, tú!" Me acordé porque eso mismo sentía yo con los mundiales, que siempre me entusiasmaron, por más que asistiera a ellos, como todos, con la convicción de que España nunca tenía nada que hacer. Así hemos sido, tiempos atrás, generaciones de aficionados, que en realidad íbamos con Brasil, porque lo de España sabíamos que acabaría siendo indefectiblemente una aventura triste. Nos encantaba seguir el Mundial y perderlo. ¿Y ganarlo?

Pues sí, ganarlo es el éxtasis. Por qué el fútbol es tan importante es algo que me moriré sin saber. Vicente Verdú, en su viejo libro. 'Fútbol, mitos, ritos y símbolos' alumbra algunas explicaciones, pero aun con sus claves se hace difícil explicar esta conmoción interior que siento, y sobre todo la seguridad de que la comparto con casi todos mis conciudadanos, felices por la misma venturosa razón que yo: porque esos chicos de ahí abajo han demostrado que en este viejo país se juega al fútbol mejor que en ningún otro. El fútbol no da soluciones, pero da alegrías. Y en situación en que estábamos, esta es mayúscula.

Ahí abajo hay dos docenas de muchachos a los que no olvidaremos. Jugaron campeonatos largos, a cara de perro, y tras una semana de vacaciones se reunieron para afrontar un desafío mayúsculo. Defendieron un estilo hermoso, en el que la estatura y el músculo son complementarios, no esenciales. El estilo Barça. Se han dado unos a otros, sin egoísmos, con el cariño propio de gente que ama la vida, a su oficio y a los demás. Han ganado la copa más importante y nos han dado un ejemplo de cómo se debe andar por la vida. Quizá con la emoción exagere, pero me parece que desde ahora este país será otro gracias a ellos.