Ozil ha cambiado mucho a Alemania
Antes que nada, mis felicitaciones a la Real y al Levante, que regresan a Primera, y a Sandro Rosell, flamante presidente del Barça. El más enemigo de Laporta de los cuatro ha ganado de calle. Su gran protegido ha quedado como la Tomasa en los títeres. Algo está claro: el barcelonista no le reconoce a Laporta como 'alma mater' de este colosal Barça, sino a Guardiola. Habrá tiempo de ocuparse de todo esto, pero ahora tenemos los ojos fijos en el Mundial, donde ayer compareció Alemania, a la que vimos muy cambiada desde la final de la Eurocopa. El cambio se explica por un nombre y un número: Ozil, el ocho.
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Gran jugador. Alemania ha utilizado con frecuencia un modelo en el que nueve embisten y uno piensa. Así fue ya con Fritz Walter, cuando ganó la Copa en 1954, tras el que vinieron los Overath, Hansi Müller, Magath... Ballack cortó un poco esa cadena, usurpando la posición correspondiente. Gran jugador, con presencia y llegada, pero sin ese manejo de la pausa y el pase al hueco de los anteriores, sin esa capacidad para dirigir. Eso lo tiene de nuevo este Ozil, que arma y que llega, socio de todos, jugador con encanto y con peligro. Y no está solo. Müller, Lahm... hay otros. No, esta Alemania no es la de la Eurocopa, inspira más respeto.
Claro, que enfrente estaba Australia, poca cosa. Un grupo de abruptos pateadores, malos pero brutos, que encima cuando pretendieron desplegarse, al principio del segundo tiempo, chocaron de morros con el árbitro. ¡Qué difícil es ver a un árbitro equivocarse contra Alemania en un Mundial! No ha pasado desde la final del 66, cuando el gol fantasma de Hurst, pero aquello era una final contra el de casa, y el de casa era nada menos que Inglaterra y la FIFA la presidía Stanley Rous, elevado a Sir a partir de aquello. En fin, que ahí está Alemania, con salud, historial, buena cara, Ozil y el arbitraje. Hay que atarse los machos.




