Yo digo Carlos Marañón

Ponga un Fábregas en su vida

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Hacer en un año lo que no se hizo en tres. Como eslogan, no estuvo mal. Pero mientras el equipo mejora encuentro a encuentro a medida que Manuel Pellegrini va imponiendo su, a ratos, desesperante versión del sentido común (mucho más retorcida que la de Del Bosque, bastante más flexible que la de Capello), hay que buscar nuevas teorías para seguir perfeccionando el espíritu. Ahí va una. Si los delanteros ganan partidos y los defensas ganan Ligas, los centrocampistas ganan adjetivos: ellos son los que definen el estilo de un equipo, esa incógnita que el conjunto madridista lleva tiempo tratando de despejar. Ese es el nuevo rastro a seguir, el de reencontrarse con el centro del campo después de unos años sin brújula, dependiendo del mejor guardameta del mundo y de la pegada más salvaje a este lado de los Pirineos.

Paso a paso, desde la visita al Camp Nou, y pese a tropiezos excusables en Pamplona y Bilbao, el Real Madrid se rehace desde la zona ancha. Encontró en primer lugar al Xabi Alonso de quite y desahogo, luego al Granero de la ocupación racional del espacio, más tarde al Guti torero y, finalmente, frente al Baby-espanyol al Kaká sonriente. Ya tenemos adjetivos. Son buenos, pero todavía pueden ser mejores. Por eso es tan decisivo el siguiente eslogan de Florentino, caiga o no la Décima. ¿Ribéry? Bien, más desborde, más zafarrancho de combate. Pero la apuesta pasa por Cesc Fábregas. Un centrocampista que es único para ganar un estilo.

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