El arbitraje inglés reconoce sus errores
Hay noticias que sólo se pueden producir en Inglaterra, y de allí nos ha venido esta. El sábado fue expulsado Wenger, porque, contrariado por un lance del juego en los últimos instantes de un partido que perdió sin merecerlo, dio una patada a un botellín de refresco que tenía junto a sí. Eso fue todo. Pero dio para que el cuarto árbitro, chivato de vocación como la mayoría de ellos, llamara al árbitro del partido, le soltara un cuento y éste expulsara a Wenger. Bueno, pues el director de los árbitros, Míster Hackett, ha presentado sus disculpas al entrenador, admitiendo que el árbitro no manejó bien la situación.
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El fútbol es grande, y en él caben personajes menores, como estos cuartos árbitros que a falta de algo que hacer se dedican a enredar. Y enredos son lo que más sobra en esa zona, esa frontera entre el campo y la grada, un territorio turbulento, como son todas las fronteras, que tienden a llenarse de fulleros, tahúres, prostitutas, jueces de la horca, fugitivos y contrabandistas. En el fútbol pasa un poco eso. Esa zona incómoda no corresponde ni a jugadores titulares ni a público complacido, sino a liniers, suplentes, delegados, vigilantes, entrenadores, cuartos árbitros y demás gentes de mal vivir.
Es un espacio ingrato, pero se ha hecho más ingrato aún desde que hay cuartos árbitros, unos recién llegados a ese territorio atrabiliario que no se saben que hasta en el más ingrato lugar del mundo son necesarios ciertos códigos. Así que el cuarto árbitro metió la pata y arrastró a su jefe, el árbitro principal. Pero el que a su vez es el jefe de todos ellos, Míster Hackett, tuvo la grandeza de reconocerlo. Grandeza que nos hace ver que el fútbol inglés todavía es diferente y mejor, a pesar de que también tenga cuartos árbitros. Y que nos confirma que, pase lo que pase, Inglaterra siempre es un gran referente.




