La bala de Contador era para Armstrong
Ganó el pistolero, y bien que me alegré. Ganó en la meta de un buen puerto suizo, que coronó con el pinganillo visiblemente desprendido, bailoteándole junto al lóbulo de la oreja. ¿Para qué lo iba a querer? ¿Qué puede esperar de Bruyneel? El equipo no sólo no ha colaborado con él, sino que respondió a su ataque en la persona de Klöden, que ofreció rueda a Armstrong y con él al puñadito de aspirantes con excepción de Andy Schleck, el único que iba entre ambas partes en conflicto. Conflicto en un mismo equipo, conflicto desigual en el que son todos contra uno. Pero el uno es el más fuerte.
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Está mal decirlo, pero es casi un alivio que Leipheimer se haya dañado la muñeca. De haber estado sano, la persecución hubiera sido más sañuda. En todo caso, no sirvió. Armstrong, que lleva alcaldeando todo el Tour (lo de Hincapié fue de sainete) no puede. Al final perdió la rueda de Klöden y le pasaron prácticamente todos los aspirantes. Ha llegado ahí gracias al corte dichoso de aquel día, a la prudencia de los demás aspirantes, gente casi toda que corre a la contra, y al perfil poco agresivo que la carrera ha tenido hasta ayer, con esos Pirineos tan descafeinados que nos programaron.
El pistoletazo de Contador en la llegada iba para Armstrong, cuyo regreso habrá servido al menos para que Contador pase a la historia como el hombre que mató a Liberty Valance. Eso espero, aunque queda Tour y no tenga ninguna confianza en que el equipo le ayude. Hasta me temo alguna emboscada en el descenso del Petit San Bernardo, o cosa parecida. Pero el de Pinto ha cogido una buena ventaja, en contrarreloj es fuerte, y el sábado, en el Mont Ventoux, no habrá quien le tosa. Al final, este contubernio Bruyneel- Armstrong va a ser hasta bueno, porque sin ello hubiera faltado emoción.




