Yo para ser feliz quiero un balón...
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Ronaldo versionó la canción de Loquillo y la hizo popular en el autobús del Madrid. "Yo para ser feliz quiero un balón...", tarateaba con alegría en cuanto tenía ocasión. Algo tan simple resume muy bien el espíritu del jugador brasileño, que para rendir necesita ser feliz, además de bien pagado. Es algo fácil de comprender si se tiene en cuenta que Brasil es un país que ofrece mil posibilidades, y más a la gente joven, famosa y rica. Como pasa aquí. Brasil ha pasado de vender a comprar. Maxi López, ex del Barça, está en el Gremio. D'Alessandro, que jugó en el Zaragoza, está en el Inter de Porto Alegre.
Para comprender este giro hay que saber que las reservas internacionales de Brasil se mantienen en 205.400 millones de euros a pesar del impacto de la crisis global y que el flujo cambiario, el saldo entre la entrada y la salida de dinero, fue en mayo positivo en 3.134 millones de euros, su mejor resultado en los últimos trece meses, según anunció ayer el presidente del Banco Central de Brasil, Henrique Meirelles, quien reiteró su optimismo de cara al futuro. Lula da Silva lo ha advertido: "El fútbol dejará de ser para Brasil una forma moderna de esclavitud".




