Un borrón en vísperas del gran clásico
Estamos en las vísperas hermosas de un espectáculo más hermoso todavía. Un partido de fútbol entre dos sociedades centenarias, que representan mucho, que tienen prestigio universal, que se disputan, una vez más, un gran premio y que encarnan, en esta ocasión (como muchas veces antes) dos virtudes encontradas. El Barça es la excelencia, el Madrid es la constancia. Cada uno en su estilo, ha llegado a la perfección. No se sabe que se pueda jugar al fútbol con más belleza y soltura que este Barça; tampoco se sabe de casos de tan pertinaz resistencia a aceptar que la victoria es de otro como lo de este Madrid.
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Un espectáculo hermoso, pura vanguardia de una sociedad de ocio que ha generado fabulosas industrias de entretenimiento: el cine, el deporte, la televisión... Un espectáculo de élite, que merece cámaras y atención, que atienden cientos de periodistas, que enriquece la imagen de este país. Y sin embargo hay todavía, en nuestro fútbol, un fondo de cochambre que me avergüenza. Los pocos cientos de seguidores del Barça que vayan al Bernabéu entrarán una hora antes, protegidos. Acabado el partido, deberán esperar otra media hora, o más, para ser evacuados luego, cuando el campo esté en silencio.
Que nadie me malinterprete. No hablo del Barça o del Madrid, sólo utilizo este partido como ejemplo. Me valdría cualquier otro partido de rivalidad, sólo que aprovecho este por su dimensión. Es impropio, arcaico y bárbaro que todavía te expongas a que te peguen por la calle sólo por ser de otro equipo. Podría estar solucionado hace tiempo con un seguimiento y apartamiento paulatino y discreto, pero firme, de los violentos, en cada campo. Hay medios para eso, lo que falta es voluntad. Lo que sobra es la resignación a esa vieja idea de que en el fútbol los brutos tienen su patria.




