Casillas bajo el ojo del Gran Hermano
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El fútbol de hoy se juega, siempre, ante catorce cámaras, así que es difícil engañar. Eso es algo que deben saber todos los futbolistas. Es difícil sustraerse a ese gran hermano orwelliano que todo lo detecta, así que mejor no fingir, no trampear. A veces se obtienen réditos a corto plazo, porque al árbitro o al linier sí se les puede engañar. Incluso al público del estadio, que sólo ve lo que se ve a simple vista y puede dejarse influir en sus reacciones, y con ellas influir a su vez en el arbitraje. Pero el fútbol va mucho más allá: las cámaras lo llevan a todos los hogares, a todos los telediarios, a todas las videotecas. Lo digo por lo de Casillas, anteanoche. Me atrevo a tomarle como ejemplo porque es un chico (ya un hombre) de verdad ejemplar al que un sólo desliz, innecesario por otra parte, va a hacer algún daño. Espero que poco, pero alguno.
El empellón le derribó sin cuento, lo que sobró fueron las manos sobre la cara. Un par de segundos de engaño, sólo eso en diez años ejemplares, pero ayer encontré mucha gente desilusionada por esa actitud. El deporte tiene su justificación y su sentido en la ejemplaridad y conductas como la que siempre había tenido Casillas lo engrandecen. Escribo para recordar a todos lo feo que es engañar. Vivimos un fútbol ñoño, en el que uno finge daño y se tira, otro finge deportividad y la echa fuera, el de más allá finge más deportividad y la devuelve (en mal sitio), y luego se saca un corner a toda prisa cuando hay un cambio, para que el de refresco no llegue a tiempo. Lo de Casillas y Yeste llega justo por un balón no echado fuera con Sneijder en el suelo. Hemos llegado a la ritualización de una deportividad impostada, un engaño a la idea misma de lealtad al juego. Y luego en las cámaras se ve todo, y todos quedan mal. Sólo que algunos tienen más que perder.




