Laporta y el rico negocio del fútbol
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Ser presidente de un club de fútbol parece un mal rollo, y desde cierto punto de vista lo es. Consiste en barajar una actividad diabólica, un negocio imposible en el que los grandes activos de la empresa son veinte hombres jóvenes, cargados de gloria y adulación, y manejados por uno que fue como ellos, pero al que los años ha expulsado del paraíso y se reserva el derecho a hacer no sé qué cosa de autor en la que no se puede meter nadie. Todo eso trufado de tiros al palo, intermediarios voraces, liniers con ánimo de gloria, árbitros erráticos y, arriba de todo, un olimpo con personajes como Villar, Platini o Blatter. ¿Qué impulsa, pues, a alguien a ser presidente de un club de fútbol? Pues o bien una disposición de servicio a su colectivo tan abnegada como la de la Madre Teresa de Calcuta o bien la posibilidad de arrimarse a los ricos negocios que en torno al fútbol se propician.
Véase a Laporta, mediando entre un ricachón uzbeko y el dueño del Mallorca. No cuajó, pero si llega a cuajar le hubiera permitido ganar cuatro millones largos con un golpe franco. ¿Es eso ilegal? No. Está en su derecho. Pero si no hubiera llegado a presidente del Barça, ¿de qué iba a ser amigo de ese uzbeko, o qué caso le harían en el Mallorca? Hay cargos que invocan una gran dignidad, y el de presidente de un gran club es uno de esos. Laporta ha provocado una nueva desilusión, aunque en torno a ello haya, hoy, cierto silencio vergonzante y protector. Nadie esperaba que aquel joven del Elefant Blau que iba a levantar alfombras pactara con Gaspart para mandarle a Madrid como cónsul plenipotenciario ante el villarato y después utilizara el cargo para este tipo de cosas. Suerte que están ahí Guardiola, Xavi, Iniesta, Puyol y demás, ganando partidos y preservando la imagen del Barça. Ellos son el Barça. Laporta sólo es un oportunista de paso.




