Un gran reto que no es ningún juego
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Visto desde la distancia, a veces nos puede dar la impresión de que esto del Dakar tampoco es para tanto. Quizá por la cotidianeidad del acontecimiento durante estos días, perdemos la perspectiva de la magnitud del desafío al que, cada jornada, se enfrentan estos hombres. Recorrer la distancia, por ejemplo, entre Madrid y Barcelona dando tumbos con un vehículo a motor y por algunos de los parajes más inhóspitos del planeta. Así, un día tras otro hasta completar dos semanas. Y si para todos es duro y exigente, lo de los motoristas (grupo en el que incluyo a los pilotos de quads) ya me parece sobrehumano. Porque los profesionales, a fin de cuentas, son cuatro mientras que el resto se trata de simples aficionados que buscan vivir la aventura de su vida.
Es una reflexión que se me viene especialmente a la cabeza cada vez que sucede un accidente como el de ayer de Cristóbal Guerrero, que ahora nos tiene en vilo a todos. Un motorista de vocación, padre de pilotos y que en puertas de los cincuenta decide afrontar este reto antes de que los años le compliquen aún más las cosas. Y ahí estaba él, con su moto privada y un zurrón cargado de ilusiones, siguiendo la estela de los mejores especialistas del mundo. Ahora lucha por su vida y yo me pregunto si quizá no sería necesario un proceso de admisión más estricto para poder estar en la salida del Dakar. Porque es algo así como si yo, teniendo carnet de conducir y el dinero suficiente, me pudiera apuntar en una carrera de Fórmula 1. ¿Se imaginan?




