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El tiqui-taca como levadura nacional

El tiqui-taca como levadura nacional

Ya ven: hace un año apenas contábamos en el Balón de Oro y el FIFA World Player. Un puñado de puntos de Cesc (arrancados en la Premier) y una presencia testimonial de Casillas y de Torres. Un año después, los indicadores se han disparado y 34 puntos se han convertido en ¡995! repartidos entre esos tres y cinco más. Torres ha pasado de una mínima aparición en el FIFA World Player a los dos podios. Xavi, que no contaba, ha salido muy arriba en las dos, lo mismo que Casillas, establecido ya como el mejor portero del mundo. Villa, Iniesta, Sergio y Senna son otros favorecidos. Y Silva debería estar.

Los mismos jugadores, otra valoración. ¿Qué ha pasado? Ha pasado Luis, ha pasado el tiqui-taca, ha pasado la Eurocopa. Un jefe, un estilo, un ambiente, una empatía, unas victorias. Siempre que se juzga a un jugador hay que tener en cuenta eso: cuando un equipo anda mal, todos parecen malos, cuando un equipo anda bien, todos parecen buenos. Un equipo que funciona es un milagro ecológico, algo así como un bosque feliz en el que todo parece saludable: los árboles, los ciervos, las mariposas, los jabalís... Un equipo que no va es un bosque degradado, en el que toda especie viva se resiente.

Eso le debemos a Luis: haber obtenido este respaldo para nuestros futbolistas. Y haber fijado por fin un modelo de juego, un estilo, eso que nos faltaba y que envidiábamos de los otros. El tiqui-taca. Eso sólo será posible si en el futuro tenemos jugadores así, me dicen, y es verdad. Pero tendremos jugadores así si perseveramos en este estilo, porque los niños querrán jugar así y los entrenadores se lo tendrán que permitir. Ese es el secreto: la transmisión generacional del gusto por un tipo de juego: el patadón, el cerrojo, la galopada, la samba o... el tiqui-taca. Sigamos con él. Nos conviene como sello.