Huntelaar y Messi han llegado tarde
Mal, mal por los dos. Y no sé cuál de ambos ha quedado peor. Huntelaar es un fichaje urgente, pagado a precio caro, elevado de una liga que antes fue importante pero que hoy es menor, la holandesa, a un fútbol grande. A un club superior, me atrevo a decir. Tuvo una despedida gloriosa en el Ajax, quizá la que merecía, pero me temo que se refociló demasiado en ese ayer que ya sólo es eso, su ayer, que ya no es su mañana. Apuró el gozo de su homenaje, se rodeó de amigos y de nostalgia, se acostó en su cama de siempre y se fue al aeropuerto con la hora pegada a los talones. El avión se retrasó y llegó tarde.
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¿Es eso importante? Para mí, sí. Y también es importante en el caso de Messi, cuyas circunstancias son tan diferentes. No es un fichaje, sino un canterano que ha llegado a figura mundial gracias en parte a un don que él traía de cuna y gracias, en otra parte, al buen trabajo de un club, el Barça, que le recibió casi como a un niño enfermo y puso a su disposición todos los medios propios para elevarle a lo que hoy es. Pero da la sensación de que Messi, una vez llegado ahí, sólo piensa en sí mismo. Como Huntelaar. Creen que todo está dispuesto ahí, desde tiempo atrás, para que ellos expresen su privilegiado don.
Este tipo de ególatras justifica el papel de los entrenadores. La ecuación del 4-4-2 contra el 4-3-3, los corners marcados en zona o al hombre, la docena y media de jugadas de pizarra para saques a balón parado y las demás tristes teorías de los cursillos, son cosas que no van a ninguna parte. El verdadero valor de un técnico consiste en obtener una conducta razonable de un chico joven, ultramillonario, halagado por frecuentes portadas de periódicos y, por lo mismo, convencido de que el mundo no rueda si él no da su consentimiento. Hacer que lleguen al trabajo a la hora: ése es el desafío.




