Ni penalti a Gerrard ni puerta cerrada
El Atlético ya está en octavos, igual que el Madrid, el Villarreal y el Barça. Pero el Atlético está con un plus, porque llega ahí contra viento y marea, superando obstáculos inesperados e injustos. Uno, el penalti inaudito que le pitaron en contra en Anfield, a partido prácticamente acabado, y en el que Gerrard traicionó con su teatralidad el viejo 'fair play' británico y cameló así a un linier y un árbitro pusilánimes. El otro, el de jugar a puerta cerrada este partido, obsequio de Platini a su amigo Diouf por unos agravios que resulta que no fueron tales. Ni delegados ni árbitros los consignaron.
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Pero mejor, ya que ahora que ha pasado todo, esas dificultades aprovechan, porque dan un valor extra a la clasificación. Y estos partidos sin gente quedan en el recuerdo, por su singularidad. Hay algo triste, desde luego, en esas gradas desoladas (estadio vacío, esqueleto de multitud, definió Benedetti), en los quejidos que de cuando en cuando devuelve el silencio: el golpeo al balón, el grito aislado, el balonazo contra la chapa de publicidad... El fútbol nació para la alegría, para la gente, para los ¡uuuuyyys!, para los abrazos con el consocio tras cada gol. Lo de anoche es de nuevo el cine mudo.
Por cierto, el reelegidísimo Villar se ha cubierto de gloria una vez más con esto. Ya sabemos, para caso de dudas, de qué lado están sus preferencias. Pero tampoco eso es sorpresa. Ni es sorpresa que al Atlético le cuesten las cosas más que a los demás. Pero tampoco lo es que, a su manera y con sus fatiguitas, vaya construyendo esa historia singular y meritoria, que tantas veces le ha permitido codearse con los grandes de Europa. Ahora ya está en octavos, y quién sabe si no acabará como campeón de grupo, que aún puede ser. En fin, que los cuatro han pasado. Señal de que nuestra Liga está sana.




