Iván hará grande al Sporting

Noticias relacionadas
Aún me acuerdo de todas aquellas mañanas de domingo. Iván Cuéllar era de los pocos que subían al primer equipo del filial y regresaban al Cerro, a pesar del frío intenso de Majadahonda, para seguir los designios del B. Nunca faltaba. Lo suyo en el primer equipo no era fácil: se entrenaba cada día con la intensidad del que juega cada domingo, pero no lo hacía. Él esperaba. Era el segundo, por detrás de Leo. Había llegado de Mérida al Atleti ya con vitola de gran portero. Tenía hechuras, reflejos también. A su estreno con la rojiblanca le persiguió un runrún: en los últimos años, sólo antes con Torres y después con Camacho la afición sintió que debutaba un canterano con estrella.
A Cuéllar se le veía como el Casillas del Atlético. Pero pasaron las jornadas, en la 04-05, y debía seguir siendo segundo. La siguiente se rompió el escafoide casi a la vez que Leo se rompía. Y vio pasar su tren. Tanta espera para que, cuando llegara el momento, fuera Falcón el que jugara. Aun así, no se fue. En su último año en el Atleti, 06-07, se cambió el nombre. Ahora sería Pichu, como era entre sus amigos. Y llegó el Barcelona un 20 de mayo y le sentenció con seis goles. Fue injusto. Para quienes conocíamos su implicación lo fue mucho. Se fue por la puerta de atrás, después de todo cuánto dio. En Eibar maduró y en Gijón demostrará lo que en Madrid no pudo. Atrás quedó Pichu y todo lo demás. En Mallorca demostró lo que siempre vio en él Mejías, que tiene carácter; que grita, ordena y coloca. Que vale, vamos.



