El nuevo Manolete: de Bolt, del Sevilla y de la Macarena
Sébastien Castella Turzack, francés de antepasados españoles y polacos, alinea su escalofriante verticalidad en una vieja discoteca sevillana abandonada: La Recua, a la orillita del Guadalquivir, y a punto de demolición. Esa escalofriante, terrible verticalidad, ha llevado ya 18 cornadas al esbelto cuerpo de Castella: un junco de marfil. Así que Castella se entrena junto a la Dehesa de Tablada, allí donde desembarcaba desnudo un tal Juan Belmonte para pisar los terrenos más indescriptibles a los marrajos de media sangre y a la luz de la luna.
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Cierto: en Castella hay algo de Rocky. Una la apariencia de fragilidad con esa mortal determinación que le hizo cambiar Béziers por Andalucía: tenía 14 años y un capote de segunda mano por todo abrigo en ese sórdido mundo del toro, lleno de arreglos, burladores y mangantes. Llegó para jugarse la vida fríamente, como un héroe romántico de Merimée o Gautier. Con el mismo halo que una vez llevó a Valle-Inclán a decir a Belmonte: "A usted, Juan, sólo le falta morir en la plaza". "Se hará lo que se pueda, Don Ramón", respondió a Valle el llamado Pasmo de Triana: a quien sólo pudo matar su propia mano, mucho después de haber asistido a tragedias de otros héroes que parecían invulnerables: José Gómez Ortega, Joselito. Manuel Rodríguez, Manolete. ¿Tiene Castella la marca de Belmonte? ¿Dibuja también esos pases de pecho a pies juntos que firmaba Joselito y que han renacido en las muñecas e inspiración de Morante? Pues miren, no: en la llanura aluvial de Tablada empieza y acaba su vecindad con Belmonte.
Porque Castella tiene fijación con Manolete. Le fascina Usain Bolt (con esta entrevista le llegó una camiseta de Jamaica, del mismo Usain), le enamora la Esperanza Macarena y le gusta el Sevilla Fútbol Club. En Semana Santa va con la Estrella trianera (Belmonte era del Cachorro). Y le enseñó a torear su mentor, José Antonio Campuzano. Pero Castella tiene fijacion con Manolete, cuyas viejas filmaciones se sabe de memoria. De ahí, la inquietante verticalidad. De ahí, la reunión con la fiera para esos angustiosos pases por la espalda. De ahí, las 18 cornadas. Ante la pequeña capilla que monta Castella en su habitación, con la Macarena, la Estrella y la de Fátima, sopla un viento de drama que trae la huella sangrienta de Manolete. "Los toros ya no tienen orejas suficientes para esta clase de toreros". Eso firmaba Ricardo García, K-Hito, refiriéndose a Manolete. Pero ojalá nadie, nunca, pueda decir de Castella, el junco de marfil, moreno de verde luna, aquello que K-Hito escribió de Manolete el 28-8-1947: "Fue él quien se dejó matar".




