Con las cosas de comer no se juega
Después de escuchar personalmente a los tres (Blatter, Villar y Lissavetzky) he llegado a la conclusión de que hay un riesgo real de que nos borren de la Eurocopa. De Blatter sólo puedo decir que tiene dos componentes que le hacen altamente explosivo: una millonada en la cuenta y los 72 años que cumplió ayer. Con esa edad, esa pasta y ese poder conviene no tentar la suerte, no vaya a ser que le sobren cinco de las seis horas en las que dijo que se pulía a España. A los otros, Villar y Lissavetzky, les recuerdo que con las cosas de comer no se juega. Que no merece la pena ponernos en vilo a un país entero por su cabezonería. La del uno para promover una orden ministerial que huele a inquina y la del otro para pasársela por el forro. ¡Cabezones, uníos!
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El asunto se ha ido enquistando y hemos llegado al punto en que se ha convertido en una cuestión personal. Un pulso entre Villar y Lissavetzky que puede ganar cualquiera de los dos, pero que perderá toda la afición de España si Blatter cumple su amenaza. "¡Que nos echen, a ver si tiene bemoles!", oigo gritar. Y se me ponen los pelos como escarpias. Porque no es una cuestión de bemoles, sino de soberbia. Y de soberbia van todos sobrados. Soberbia para ponerle la proa a España.
Lo único positivo que le veo a todo este lío es que, si al final vamos a Austria y Suiza, a lo mejor España pasa de cuartos, porque nosotros, de siempre, hemos rendido mucho más en el barullo que en el orden. Y estamos metidos de lleno en el caos. Pero vayamos o nos echen, ya estamos haciendo el ridículo. Que España esté en solfa como Palestina, Madagascar o Dominica no es lo que merecemos, y lo digo fríamente, sin motivos personales.




