La Memoria de África es tierra kikuyu
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Son los últimos capítulos de Memorias de África, la obra maestra de Karen Blixen. O sea, Isak Dinesen. O sea, Meryl Streep. "Tiempos duros". Se refieren al incendio de la granja de Blixen, dedicada a la producción del café en las colinas de Ngong, en territorio kikuyu, Kenia: cuando ya estaba cerca de la ruina. En esos tiempos duros también va incluida la muerte del amante de Blixen, en accidente de avioneta: Denys Finch-Hatton. O sea, Robert Redford. Entierran a Finch-Hatton entre parejas de leones, dorados y rugientes. Al fin, la baronesa arruinada regresa a Dinamarca y deja todas sus posesiones a... los kikuyu. Justo: la etnia que ahora gira en el ojo del huracán enloquecido en que Kenia se ha convertido tras la elección disputada del presidente Mwai Kibaki. Lo que allí está pasando, ni más ni menos, es una guerra étnica y tribal, entre las tribus que Blixen conoció y amó.
Pero la aristócrata danesa supo detectar algo más sutil: la implicación de un territorio que reconocía como suyos a los kikuyu, nandi y kalenjin, tanto como a esas noches con estrellas como puntos de topacio brillante, en las laderas del Kilimanjaro. Ellos son África. África va en ellos: "El aire llegaba frío a los pulmones (...), las altas hierbas despedían humedad y esparcían su profundo aroma, casi como de menta". Blixen reconocía en sus tribus la aristocracia de la implicación con esa tierra ancestral. Por eso ganan el oro que ganan: van unidos a esa tierra. Y volverán a ganar en Pekín.




