Del exilio dorado al trágico
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Wilson Kipketer y Saif Saaeed Shaheen son los únicos atletas nacidos en las altiplanicies kenianas (esas que sufren ahora a sangre y fuego luchas tribales y genocidas), que tienen récords mundiales en pruebas olímpicas. Pero Kenia no puede presumir de esas plusmarcas. Sí lo hacen Dinamarca y Qatar, los países que dieron su ciudadanía a los corredores africanos. Kipketer, que desbancó a Lord Sebastian Coe en 1987 en 800 metros, fue a estudiar al país nórdico, se casó con una danesa y allí se quedó. Shaheen fue comprado por los petrodólares qataríes, pura y duramente, y batió el récord de 3.000 metros obstáculos. Los kenianos brillan en las carreras de media y larga distancia desde finales de los años sesenta, pero nunca tan masivamente como ahora. En los Mundiales de Osaka, el pasado verano, el país de África central fue el segundo en el medallero, sólo por detrás del todopoderoso Estados Unidos.
Los kenianos ganaron cinco oros, tres platas y cinco bronces. Pero si sus atletas del exilio hubieran competido con su país natal, habrían cosechado otros dos oros (Bernard Lagat, ahora norteamericano, en 1.500 y 5.000) y una plata (Mubarak Hassan Shami, adquirido por Qatar, en maratón). A lo largo de la historia muchos kenianos han emigrado a otros países más ricos, en busca de oportunidades. Era una emigración económica, dorada; no política. Porque Kenia era un país estable. Quizá ahora haya que acostumbrarse a otro tipo de diáspora, trágica y terrible.




