Una dinámica peligrosa para todos
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La Fórmula 1, o mejor dicho la Federación Internacional de Automovilismo, está entrando en una dinámica peligrosa. El charco del espionaje es de profundidad incalculable y de aguas cenagosas, así que las consecuencias de esta nueva política inquisidora pueden ser terroríficas. Vaya por delante que, desde luego, se deben perseguir las trampas y a los tramposos, demostrar su culpabilidad si existiera y castigar a los infractores de acuerdo a su culpa. Pero también creo que es importante distinguir el espionaje industrial, el trasvase de información ilegal y fraudulenta entre equipos, de otras prácticas habituales de las escuderías, no sólo de los grandes premios sino también de cualquier disciplina del motor e incluso diría de cualquier ámbito de competencia.
Claro que los equipos se fijan unos en otros, que fotografían los coches de los rivales, toman notas y estudian sus soluciones tecnológicas. Normal. Y si pueden aplicarlas a sus monoplazas (que no siempre es así) lo hacen, con más o menos descaro, con más o menos pudor. Y eso nada tiene que ver con robar secretos tecnológicos, sobornar a empleados o cometer irregularidades de un calado muy diferente a todo lo anterior. Por eso confío en que los sesudos dirigentes de la FIA sean capaces de discernir una cosa de otra, porque de lo contrario vamos a terminar hablando más de juego sucio, espías y juicios que de carreras. Algo que resultaría fatal para el automovilismo, como demuestran otros deportes ya salpicados por la cotidianeidad del escándalo.




