Un talento descomunal
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En estas páginas de AS (ahí están las hemerotecas para refrendarlo) seguíamos a Fernando Alonso desde mucho antes de llegar a la Fórmula 1. Su brillante palmarés en el kárting, su dominio en la Fórmula Nissan o sus exhibiciones en la F-3000 nos invitaban a pensar que estábamos ante un piloto fuera de lo común, con un talento descomunal. Los antecedentes españoles en los grandes premios no habían sido muy ilusionantes, así que era normal que muchos se mostraran prudentes, incluso dubitativos, sobre las posibilidades de ese asturiano con cara de niño (porque casi lo era).
Sin embargo, Fernando no tardó en disipar cualquier incertidumbre. Seguramente fue más tiempo del que a él le hubiera gustado (el calvario de Minardi y su etapa de probador en Renault), pero en tan sólo dos años llegaron su primera pole y su primer podio. Éxitos históricos para el deporte español que sirvieron para que Alonso dejará de ser un desconocido para convertirse en un fenómeno de masas cuya trascendencia nadie podía entonces adivinar. Aquellos resultados parecían un sueño, pero eran una maravillosa realidad. Y los que habíamos apostado por su talento también salimos ganando...




