Confieso que yo me lo había creído

Confieso que yo me lo había creído

Confieso que yo me lo había creído. Veía a esta Selección sin ese par de jugadores realmente buenos que hacen falta para ganar un Mundial, pero con un tono de funcionamiento que nos podía llevar por lo menos hasta el sábado, a jugárnosla con Brasil. Y no costaba tanto soñar más allá de eso. Pero ante Francia todo se vino abajo. El funcionamiento no fue el mismo, quizá porque lo de Raúl no resultó. No se trata ahora de ser ventajista, yo mismo pensé que no era mala idea. Pero no resultó, no entró en juego, no tocó ni llegó al remate, y ese vacío desenganchó el juego de la media y el ataque.

Así se nos fue el primer tiempo, que pese a todo nos trajo la felicidad fugaz del gol de penalti. Pero el juego no terminó de aparecer. Ni en la primera parte ni en la segunda, a pesar de que los cambios anunciaban cierta mejora. Y sin ese juego fluido, de toque, de ritmo justo, que esta Selección puso en práctica en sus dos primeros partidos, lo que quedaba sobre el campo era otra realidad: la de las individualidades. Y ahí Francia es más. Porque tiene a Ribery, que va camino de convertirse en la gran aparición joven de este Mundial. Y tiene a Vieira. Y tiene, todavía, a Zidane. Zinedine Zidane.

Él nos dio el tiro de gracia, y casi se puede decir que esa es una buena muerte. Lo último que vieron con vida nuestros ojos en este Mundial fue la galopada, el regate, el remate de Zidane. El empaque de Zidane, la clase de Zidane, la categoría de Zidane. Nos vamos del Mundial, pero si esta derrota ha servido para que al menos le veamos jugar una noche más (será el sábado, ante Brasil) no habrá resultado del todo estéril. En cuanto a nuestro equipo, seamos justos: nos ha ilusionado y emocionado como nunca, y eso es de agradecer, más allá de esta derrota. Y son jóvenes casi todos. Nos darán nuevas alegrías.