Florentino, en mala hora dimitiste...

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Mi paciencia se ha agotado con el suceso de ayer. Ronaldo a la grada. Bien, Juan Ramón, ya estarás contento. Te cargas al gordito, al juerguista, al buda feliz, le cuentas el cuento de que en Highbury será el salvador de la patria blanca y el núcleo duro del vestuario te sube a hombros por tener un entrenador con un par... Raúl gana el pulso, Helguera sigue comiendo pipas y Salgado pasa de gritar gol si él no juega. ¡Qué grandeza! Se lo reproché a Florentino personalmente y se lo reitero aquí públicamente. Nunca debió dimitir. Él era el dique moral, con sus errores del último bienio ya denunciados en este periódico, pero con una personalidad a prueba de bombas que cimentó un sueño que durante mucho tiempo nos permitió ver en el mismo ruedo a miuras de talla mundial como Figo, Zidane, Ronaldo o Beckham.
Florentino pensó que ya no podía con el monstruo que había creado porque iba a terminar como Saturno devorando a sus hijos. Creyó que inmolándose lograría que la plantilla reaccionara con orgullo y hombría. Hoy saldremos de dudas, pero creo que ése no era el camino. De momento, sabemos que a los jugadores los va a investigar una comisión de fiscales de la moralidad, que aquí se acabaron los millonarios (¿acaso Ibrahimovic va a cobrar sólo 200 kilos?) y que se va a fumigar todo lo que huela a talento y buen gusto. Viva la raza, la épica, el sudor, el madrugar, el estajanovismo y la ropa de Zara. Fuera el glamour, los coches de marca y el galacticismo. Se acabó la fiesta. Florentino, te lo dije...



