El fantasma de su propia impotencia
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El 2006 empezó para el Atlético como acabó el 2005. Es decir, sin marcar un gol al arco iris, fallando claras ocasiones y con un saldo ofensivo de 18 goles a favor, tantos como los que lleva Etoo, para la que en teoría era la mejor delantera rojiblanca tras el doblete con Kezman, Fernando Torres, Petrov y Maxi. Carlos Bianchi se llevó su rapapolvo habitual de la grada, pero ya ha asumido su condición de tipo vulgar y sus planteamientos son más que ultradefensivos. Mete una muralla junto a su portero y el resto lo fía a la genialidades de Ibagaza para explotar la velocidad del Niño y el búlgaro Petrov. Incluso se superó a sí mismo el Virrey y en el primer tiempo mandó un marcaje mixto de Zahínos y Colsa sobre Aimar, que es algo antidiluviano.
E n el segundo periodo, y siempre gracias a la táctica miedosa del Valencia, el Atlético tuvo 20 minutos que parecieron un espejismo por su fútbol rápido de entrar bien por las bandas y hasta legó a asustar a Cañizares. Una pena que el Niño siga con la puntería bajo mínimos. Luego vino lo de siempre, el terror de los minutos finales y una igualada al talego que revela la realidad de un equipo bajo mínimos: a cuatro puntos del descenso y a diez de Europa. Nuevamente, Perea dejó mucho que desear. Zahínos y Colsa, en su labor de destrucción, estuvieron notables e Ibagaza ha asumido su papel de líder para salir de la crisis. Torres tiró de galones y se dejó el alma, aunque sigue lejos de su mejor forma. Este Atlético vive bajo el fantasma de su impotencia.




